Tras los pasos de Andrea

En 1945 vio la luz la novela 'Nada', en la que Carmen Laforet narraba las aventuras del primer año universitario de su protagonista, Andrea, en Barcelona. A través de una serie de 20 fotografías, COMBATE ha inmortalizado los principales lugares que la joven visitó a medida que descubría la gran ciudad, empezando por el célebre edificio 36 de la calle Aribau. Por JAIME ABASCAL y BEATRIZ PÉREZ.

Share on FacebookTweet about this on Twitter
NADA49

Edificio número 36 de la calle Aribau. // JAIME ABASCAL

6 de enero de 1945, Barcelona. El prestigioso Premio Nadal recae sobre la novela Nada. Resulta algo relativamente insólito: su autora, Carmen Laforet (Barcelona, 1921 - Madrid, 2004), una desconocida, tiene apenas 24 años. Pero sorprende otro aspecto también: la brillante y detallada descripción que la escritora, pese a su corta edad, sabe dar de la sociedad de la época, una España hundida en la posguerra y sus consecuencias: hambre, inmovilismo, prohibición. Nada le reporta en aquel momento a Laforet no solo 5.000 de las antiguas pesetas (vivía con 200 al mes de su padre), sino además la satisfacción de ver a su primera (y última, pues no volvió a escribir nada relevante) gran obra colocarse como el libro más vendido de 1945.

Aunque ella lo negó siempre, lo cierto es que entre la novela y la propia vida de la autora existen manifiestos paralelismos que han llevado a considerarla una obra autobiográfica. Gran parte de Nada se desarrolla en el número 36 de la calle Aribau. Allí nace Carmen Laforet en 1921 y, aunque con apenas dos años se marcha con sus padres a vivir a Las Palmas de Gran Canaria, regresa a los 18 con el pretexto de estudiar en la Universidad. A Aribau 36 también arriba, expectante, soñadora, la jovencísima Andrea (protagonista de la obra), deseosa de comenzar por igual sus estudios de Filosofía y Letras y su nueva vida en una ciudad sobre la que tantas ilusiones y esperanzas había depositado.

Pero pronto las expectativas de Andrea se ven frustradas al chocar contra el hostil clima de la casa del Eixample barcelonés en la que residen su abuela, sus tíos Juan (con su mujer Gloria y su hijo) y Román y su tía Angustias, esta última una suerte de madrastra (como la que la misma Laforet padeció) que enseguida se encarga de cercenar los románticos deseos de libertad de una muchacha de pueblo recién llegada a la gran ciudad.

A través de este reportaje fotográfico, compuesto de 20 imágenes, COMBATE recorre Barcelona siguiendo las pisadas de Andrea durante su primer curso universitario y, a la vez, único año de estancia en la Ciudad Condal. Porque ella, como la propia Laforet, decide abandonar Barcelona una vez finaliza el verano para instalarse en Madrid.

Fotografías: JAIME ABASCAL
Texto, selección de fragmentos del libro y ruta: BEATRIZ PÉREZ 

1. Llegada a medianoche a la estación de Francia

NADA29

«Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie (…) La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba a la gran Estación de Francia y los grupos que se formaban entre las personas que estaban aguardando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso. El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida.»

 

2. Calle de Aribau, número 36

NADA33

«Enfilamos la calle de Aribau, donde vivían mis parientes, con sus plátanos llenos aquel octubre de espeso verdor y su silencio vívido de la respiración de mil almas detrás de los balcones apagados. Las ruedas del coche levantaban una estela de ruido, que repercutía en mi cerebro. De improviso sentí crujir y balancearse todo el armatoste. Luego quedó inmóvil.

— Aquí es —dijo el cochero.

Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estábamos. Filas de balcones se sucedían iguales con su hierro oscuro, guardando el secreto de las viviendas. Los miré y no pude adivinar cuáles serían aquellos a los que en adelante yo me asomaría.»

 

3. Escaleras del número 36 de la calle de Aribau

NADA37

«Con la mano un poco temblorosa di unas monedas al vigilante y cuando él cerró el portal detrás de mí, con gran temblor de hierro y cristales, comencé a subir muy despacio la escalera, cargada con mi maleta. Todo empezaba a ser extraño a mi imaginación; los estrechos y desgastados escalones de mosaico, iluminados por la luz eléctrica, no tenían cabida en mi recuerdo.»

 

4. El barrio chino, el «brillo del demonio»

NADA3

Tía Angustias: — Espero que no habrás bajado hacia el puerto por las Ramblas.

Andrea: — ¿Por qué no?

Tía Angustias: — Hijita mía, hay unas calles en las que si una señorita se metiera alguna vez, perdería para siempre su reputación. Me refiero al barrio chino… Tú no sabes dónde comienza…

Andrea: — Sí, sé perfectamente. En el barrio chino no he entrado… pero ¿qué hay allí?

Angustias me miró furiosa.

Tía Angustias: — Perdidas, ladrones y el brillo del demonio, eso hay.

(Y yo, en aquel momento, me imaginé el barrio chino iluminado por una chispa de belleza).

 

5. En la Facultad de Letras de la Universidad, con Ena

NADA8

«Mientras yo hablaba con Pons, Ena me saludó con la mano. Luego vino a buscarme atravesando los grupos bulliciosos que esperaban en el patio de Letras la hora de la clase. Cuando llegó a mi lado tenía las mejillas encarnadas y parecía de un humor excelente… (…) Me gustaba pasear con ella por los claustros de piedra de la Universidad y escuchar su charla pensando en que algún día yo habría de contarle aquella vida oscura de mi casa, que en el momento en que pasaba a ser tema de discusión, empezaba a aparecer ante mis ojos cargada de romanticismo.»

 

6. Vía Layetana, buscando el edificio de Ena

NADA23

«Me detuve en medio de la Vía Layetana y miré hacia el alto edificio en cuyo último piso vivía mi amiga… (…) Con su suave declive desde la plaza de Urquinaona, donde el cielo se deslustraba con el color rojo de la luz artificial, hasta el gran edificio de Correos y el puerto, bañados en sombras, argentados por la luz estelar sobre las llamas blancas de los faroles, aumentaba mi perplejidad. (…) La Vía Layetana, tan ancha, grande y nueva, cruzaba el corazón del barrio viejo. Entonces supe lo que deseaba: quería ver la Catedral envuelta en el encanto y el misterio de la noche…»

 

7. En las callejuelas de los alrededores de la Catedral

NADA56 «Sin pensarlo más, me lancé hacia la oscuridad de las callejas que la rodean. Nada podía calmar y maravillar mi imaginación como aquella ciudad gótica naufragando entre húmedas casas construidas sin estilo en medio de sus venerables sillares, pero a las que los años habían patinado también con un encanto especial, como si se hubieran contagiado la belleza…»

 

8. En la Catedral

NADA55 «… Al llegar al ábside de la Catedral me fijé en el baile de luces que hacían los faroles contra sus mil rincones, volviéndolos románticos y tenebrosos.»

 

9. Un restaurante de la calle de Tallers

NADA66 «La verdad es que no tuve paciencia para distribuir las treinta pesetas que me quedaron el primer día, en los treinta días al mes. Descubrí en la calle de Tallers un restaurante barato y cometí la locura de comer allí dos o tres veces. Me pareció aquella comida más buena que ninguna de las que había probado en mi vida, infinitamente mejor que las que preparaba Antonia en la calle de Aribau.»

 

10. Paseo por los jardines de la Exposición, con Gerardo

NADA17 «Cuando cruzábamos las calles, Gerardo me cogía del brazo. Caminamos por la calle de Cortes hasta los jardines de la Exposición. Una vez allí me empecé a distraer porque la tarde estaba azul y resplandecía en las cúpulas del palacio y en las blancas cascadas de las fuentes. Multitud de flores primaverales cabeceaban al viento, lo invadían todo con su llama de colores. Nos perdimos por los senderos del parque inmenso…»

 

11. La estatua de Venus en Montjuïc

NADA19 «… En una plazoleta vimos la estatua blanca de Venus reflejándose en el agua.»

 

12. Contemplando el Mediterráneo desde el Hotel Miramar

NADA20 «Fuimos hacia Miramar y nos acodamos en la terraza del Restaurante para ver el Mediterráneo, que en el crepúsculo tenía reflejos de color de vino.»

 

13. Iglesia de Santa María del Mar

NADA70

— ¿Conoces la iglesia de Santa María del Mar? —me dijo Pons.
— No.
— Vamos a entrar un momento si quieres. La ponen como ejemplo del puro gótico catalán. A mí me parece una maravilla. Cuando la guerra, la quemaron…
Santa María del Mar apareció a mis ojos adornada de un singular encanto, con sus peculiares torres y su pequeña plaza, amazacotada de casas viejas, enfrente.

 

14. Las Ramblas desde la calle Hospital, siguiendo a Juan

NADA58 «Cada vez que por una bocacalle veíamos Las Ramblas, Juan se sobresaltaba. Movía los ojos hundidos en todas direcciones. Se mordía las mejillas. En la esquina de la calle del Carmen —más iluminada que las otras— le vi quedarse parado, con el codo derecho apoyado en la palma de la mano izquierda… (…) El recorrido que hacíamos parecía no tener fin… (…) Al llegar a la calle Hospital, Juan se lanzó a las luces de las Ramblas, de las que hasta entonces parecía haber huido. Nos encontrábamos en la Rambla del Centro.»

 

15. El barrio chino, siguiendo a Juan

NADA65 «Juan entró por la calle Conde del asalto, hormigueante de gente y de luz a aquella hora. Me di cuenta de que esto era el principio del barrio chino. “El brillo del diablo” de que me había hablado Angustias…»

 

16. Barcelona en verano a los ojos de Andrea

NADA51 «La ciudad, cuando empieza a envolverse en el calor del verano, tiene una belleza sofocante, un poco triste. A mí me parecía triste Barcelona mirándola desde la ventana del estudio de los amigos, en el atardecer. Desde allí un panorama de azoteas y tejados se veía envuelto en vapores rojizos y las torres de las iglesias antiguas parecían navegar entre olas. De un polvoriento azul pasaba a rojo sangre, oro, amatista. Luego llegó la noche.»

 

17. Las noches en la calle de Aribau

NADA43 «Me viene ahora el recuerdo de las noches en la calle de Aribau. Aquellas noches que corrían como un río negro, bajo los puentes en los días, y en las que los olores estancados despedían un vaho de fantasmas… Me acuerdo de las primeras noches otoñales y de mis primeras inquietudes en la casa, avivadas con ellas. De las noches de invierno con sus húmedas melancolías…»

 

18. La larga calle Muntaner, de frente

NADA53

«El aire de fuera resultaba ardoroso. Me quedé sin saber qué hacer con la larga calle Muntaner bajando en declive delante de mí. Arriba, el cielo, casi negro de azul, se estaba volviendo pesado, amenazador aun sin una nube. Había algo aterrador en la magnificencia clásica de aquel cielo aplastado sobre la calle silenciosa. (…) Empezaron a pasar autos. La gran vía Diagonal cruzaba delante de mis ojos con sus paseos, sus palmeras, sus bancos.»

 

19. El puerto

NADA24 «Estaba en el puerto. El mar encajonado presentaba sus manchas de brillante aceite a mis ojos; el olor a brea, a cuerdas, penetraba hondamente en mí. Los buques resultaban enormes con sus altísimos costados. A veces, el agua aparecía estremecida como por el coletazo de un pez: una barquichuela, un golpe de remo. Yo estaba allí aquel mediodía de verano.»

 

20. Despedida de la casa de la calle de Aribau

NADA47

«Bajé las escaleras, despacio. Sentía una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos así creía yo entonces (…) El aire de la mañana estimulaba. El suelo aparecía mojado con el rocío de la noche. Antes de entrar en el auto alcé los ojos hacia la casa donde había vivido un año. Los primeros rayos del sol chocaban contra sus ventanas. Unos momentos después, la calle de Aribau y Barcelona entera quedaban detrás de mí.»

* NOTA: Las fotografías del interior de la casa no son las del piso original en el que vivió Carmen Laforet y en el que se desarrolla Nada. Pertenecen, eso sí, a un piso del número 36 de la calle Aribau (como las del portal), gracias a la generosidad de una vecina, María, que tuvo a bien abrirnos la puerta y darnos todas las facilidades para sacar estas fotos. A María dedicamos este reportaje, con todo nuestro cariño y agradecimiento. Ah, y también a Jorge Velasco, que sabemos que visita el edificio de Aribau cada vez que viene a Barcelona. 
Share on FacebookTweet about this on Twitter

4 comentarios

  1. luis lópez fernández - July 14, 2014 11:06 pm

    Me gustan las fotos y el comentario. El blanco y negro las hace mas “fuertes”, con grandes contrastes. La novela la leí hace mucho tiempo y no me acuerdo de la misma. De todas maneras yo nací en esos años.

    Reply
    • Combate - July 16, 2014 5:51 pm

      Gracias, Luis. Un abrazo desde Barcelona.

      Beatriz

      Reply
  2. Jessica - July 26, 2014 7:33 pm

    Precioso artículo :)

    Reply
    • Beatriz Pérez - July 27, 2014 5:27 pm

      Gracias, Jéssica :) Muchos besos.

      Reply

Comparte tu opinión