Solo como

La industria de la alimentación tiene por materias primas animales vivos. El beneficio económico depende de la rentabilidad obtenida y eso va en perjuicio de la calidad de vida de esos animales. ¿Cuál es la realidad escondida tras el dibujo de una vaca que ríe o un langostino con sombrero y bufanda? Es necesario reflexionar acerca de nuestra relación con la comida. Por DANI FONT.

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Manufacturing: dead chicken processing plant, China (2005) // EDWARD BURTYNSKY

Manufacturing: dead chicken processing plant, China (2005) // EDWARD BURTYNSKY

Como frutas, soy frugívoro. Como plantas y verduras, soy herbívoro. Como plantas, verduras y frutas, soy vegetariano. Como plantas, verduras, frutas y leche, soy lactovegetariano. ¿Eso existe? Sí. Como Kosher. No como carne en viernes. Como cuando se pone el sol y antes de que salga. Practico el ayuno voluntario para denunciar el hambre en el mundo. No como carne, ni pescado, ni productos derivados de animales. ¿No tomas miel? No, soy vegano. No como nada, soy pobre. Como todo lo que tiráis, soy freegano. Como únicamente lo que mejora mi salud, soy ortoréxico. Solo finjo que como, soy anoréxico. Como para vomitar, soy bulímico. Solo como pescado y animales, soy esquimal. Como lo que me dan, soy preso. Como de todo. ¿Comes insectos? No, eso no, yo como lo «normal».

Toda forma de vida necesita materia y energía para mantener su organismo. Unos parasitean, otros fotosintetizan, los hay que quimiosintetizan y también quienes fagocitan. En definitiva, todos se nutren. Los humanos no escapamos a esa necesidad. Compartimos con el resto de los animales la condición de ser heterótrofos (también las setas y gran parte de bacterias y arqueas), es decir, no tenemos la capacidad de transformar materia inorgánica en orgánica, de fabricarnos nuestra propia comida. De modo que, al no poder sintetizar materia orgánica, la tomamos del medio: la comemos. Podemos comer tanto seres autótrofos (plantas) como heterótrofos y lo que estos producen. Una vez metabolizado y degradado, lo devolvemos al medio. Otro aspecto que nos define en cuanto a alimentación se refiere es que somos macrófagos. Los macrófagos seleccionan lo que van a comer y disponen de un kit biológico para obtener su comida: distintos tipos de dientes, veneno, zarpas, garras, musculatura potente, visión nocturna, etc. La especie humana, como el resto de especies, también posee su propio kit biológico fruto de la evolución de su linaje. Pero además se ha convertido en la forma de vida macrófaga por excelencia gracias a la tecnología, que nos permite gestionar el entorno del cual obtenemos la comida a nuestro antojo. Gracias a ella la mayoría de cosas que comemos han sido creadas por nosotros y, aunque sean orgánicas, en cierto modo son artefactos. Llamar artefactos a una gallina de granja o al cereal con el que hacemos pan puede sonar raro pero, al fin y al cabo, eso es lo que son: cosas creadas por la especie humana.

La gallina, por ejemplo, el ave más numerosa del planeta, proviene de una especie asiática que aún existe (aunque en peligro de extinción) y fue domesticada (selección humana) dando lugar a una especie nueva que se cría en granjas y es incapaz de vivir en libertad, pues sería una presa muy fácil. Lo mismo sucede con la totalidad de animales de granja. Son incapaces de vivir libres. No durarían mucho por sí mismos. Y en cuanto a las plantas que hemos domesticado, los cereales a la cabeza, estas pierden la capacidad de reproducirse y propagarse por sí mismas. Llegados a este punto, la alimentación se convierte en algo más que una necesidad que cubrir. La comida es hoy en día un elemento mercantil como cualquier otro: se invierte, se compite, se especula y todo con un mismo fin, que es el del beneficio. Sin embargo, a diferencia de otros sectores de producción, la industria de la alimentación (y otras industrias que también incorporan tejidos de origen animal) tiene por materias primas animales vivos. El beneficio económico depende de su adecuada gestión, de sacarles rentabilidad, y eso va en perjuicio de la calidad de vida de esos animales.

Algo más que comida

La primera asociación moderna que hizo de la comida algo político fueron entidades vegetarianas y vegetarianas estrictas o totales (veganas) creadas en EEUU e Inglaterra. En esta última, a mediados del siglo XIX surgió la Vegetarian Society –¡que aún existe!– y a la que han pertenecido, entre otros, el escritor George Bernard Shaw, Mahatma Gandhi y la familia McCartney con el exbeatle a la cabeza. Unos años antes, en EEUU, surgieron toda una serie de iniciativas que se oponían al uso de los animales para la alimentación y algunas iban más allá y se oponían a cualquier uso de animales por parte de los humanos. Así, nacía en Boston la Temple School de orientación vegana; Fruitlands, en la Universidad de Harvard, Massachusetts, que se oponía a la utilización de animales para cualquier propósito, agricultura incluida. Más adelante sectores naturistas libertarios y republicanos de principios de siglo XX propagaron un discurso que animaba a las personas a vivir en armonía con la naturaleza, lejos del clásico mensaje cristiano de dominarla, lo que incluía aspectos como el nudismo o la dieta vegetariana. Hacia mediados del siglo XX activistas ingleses preocupados por la ingesta de leche por parte de los vegetarianos, se distanciaron de estos y acuñaron el término «veganismo», si bien, como hemos visto, posturas veganas ya existían antes de la formulación del concepto. Hacia 1945, finalizada la II Guerra Mundial, se creó la Vegan Society de nuevo en Inglaterra. Desde entonces, aunque de manera limitada, el número de personas veganas y vegetarianas ha ido creciendo en EEUU y algunos países de Europa.

Si bien el origen de un comportamiento cultural o político nunca es claro (¿cuál es el origen del 15-M, sin ir más lejos?) parece ser que las actitudes vegetarianas tienen su origen en la India y en la antigua Grecia. Dichas prácticas en Occidente desaparecieron bajo el Imperio Romano, un imperio de excesos se mire por donde se mire y que desde un punto de vista alimenticio sería más bien bulímico. Al mismo tiempo se consolidaban las religiones monoteístas que también quisieron hacer de la comida algo religioso, básicamente fomentado prácticas de ayuno. Así, el principal día de ayuno judío es el del Yom Kippur, mientras que los musulmanes celebran el ramadán durante todo un mes en el que se privan de comer durante las horas de sol. Los católicos no se quedan atrás y practican dos formas de ayuno: una consiste en hacer una sola comida fuerte al día; la otra, que llaman abstinencia, consiste en no comer carne. Lo practican el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. En estas religiones estas prácticas relacionadas con la comida lo hacen bajo una finalidad de penitencia, redentora, purificadora, etc., y tienen su propia legislación precisa sobre su cumplimiento.

Antropocentrismo y especismo

El antropocentrismo es un concepto filosófico impulsado desde el Renacimiento (aunque tiene sus raíces en la Grecia Clásica), que sitúa al ser humano como centro de todas las cosas y en una posición de dominio respecto a la naturaleza y al resto de especies con las que habita en el mundo. Todo lo bueno y regenerador del humanismo renacentista tras la era de tinieblas que fue la Edad Media quedaba reservado para la especie humana y, para ser más correctos, para el hombre. Recuerdo siempre una frase del científico y ambientalista James Lovelock acerca del humanismo: «La devoción narcisista a los intereses exclusivamente humanos». Hoy en día, de hecho, ya ni siquiera seguimos bajo el paradigma humanista, pues ahora priorizamos solo el bienestar de una parte de la humanidad; la otra parte, la gran mayoría, sufre y en un escalafón aún más bajo están el resto de especies vivas.

Junto al antropocentrismo, el otro concepto cultural que caracteriza nuestra forma de relacionarnos con el resto de especies es el de especismo. Este concepto surge en la década de los setenta del siglo XX y consiste en la discriminación de aquellos que no pertenecen a una cierta especie. La mayoría de personas consideran que una vida humana tiene más valor que una vida animal o también que la vida de ciertas especies animales como gatos o perros, valen más que otras. Así por ejemplo, la vida de una mosca vale menos que la de una abeja porque estas últimas nos dan miel. Tanto nos dan el papel que puedan jugar las moscas dentro del ecosistema, a nosotros nos molestan, al menos hasta que no sepamos sacarles un beneficio. Son discriminaciones morales basadas en pertenecer a una u otra especie, algo tan arbitrario como tener uno u otro origen étnico y/o cultural o tener una u otra orientación sexual o color de piel, etc. Los cimientos del especismo se consolidan durante la etapa escolar, cuando se nos enseña que la vaca vive en la granja y sirve para dar leche, la gallina para dar huevos, el cerdo jamón y las abejas miel. Nos enseñan los animales buenos (los que explotamos) y se ignoran los otros, que con suerte son olvidados y con mala suerte son vistos como amenaza (los lobos por ejemplo). Los típicos libros escolares nos piden que unamos el animal con el producto que obtenemos de su explotación. Con esta base, nuestra visión de los animales se reduce a que somos superiores a ellos y podemos utilizarlos a nuestro antojo. Jamás nos enseñan lo que sucede en las granjas industriales y en los mataderos, situados, como las cárceles, cada vez más lejos de las poblaciones. Tan solo podemos hacernos una idea del drama de los animales de granja cuando vemos pasar un camión cargado de cerdos u ovejas hacinadas. Todo esto se maquilla con marketing: una vaca que ríe y nos da su queso encantada, patos sonrientes, vacas pastando felices en los envases de los briks, cerdos con gafas, sombrero y bastón sonriendo en la etiqueta de un jamón, etc.

Dicho esto, los colectivos antiespecistas están en contra de todo uso animal por parte de los humanos, no solo en lo alimentario (donde por supuesto asumen el veganismo). Rechazan el uso de animales en espectáculos, vestimenta, investigación, etc. De todos ellos, el más famoso por sus acciones es el Frente de Liberación Animal (FLA o ALF) formado por todas aquellas personas que luchan mediante la acción directa por la libertad de los animales. Pero esa es ya otra historia.

Nuestra relación con la comida hoy

Para rematar esta historia de nuestra relación con la comida, nuestro presente es tan absurdo que aun habiendo la posibilidad de alimentar de sobras a toda la población, el número de personas subnutridas según datos de la FAO para el periodo 2011-2013 asciende a los 842 millones. La mayoría son poblaciones del África subsahariana y de Asia meridional y oriental. Es por tanto una cuestión política y económica no de falta de recursos o de necesitar una tecnología que incremente la producción. Digo esto porque a veces se justifica la ingeniería transgénica como solución al hambre. Aprovecho también para decir que manipular genéticamente especies solo puede entenderse bajo la protección del paradigma especista que domina hoy en día a la ciencia y que tampoco ve problema alguno en investigar con animales (las famosas cobayas de laboratorio por ejemplo). Así mismo, la obsesión por la imagen lleva a muchas personas a patrones alimentarios obsesivos en busca de su objetivo: adelgazar, ganar masa muscular, frenar el envejecimiento, etc. Junto a la anorexia y la bulimia, desde hace unos años ha surgido la ortorexia y más recientemente aún la vigorexia. A grandes rasgos, la primera hace referencia a la obsesión que sufren las personas por alimentarse sano y la segunda a las obsesionadas con aumentar su masa muscular mediante la ingesta de proteínas. Hay también la actitud freegana, esto es, personas que aprovechan todos aquellos recursos alimentarios que nuestra sociedad desecha por cuestiones como el color, la forma, el tamaño y otros aspectos relacionados con la imagen, no con la calidad de los alimentos. Las cifras de la comida que no llega siquiera a los mercados por no cumplir cánones estéticos son espeluznante. Me permito recomendar en este punto al activista freegano Tristam Stuart, autor del libro Despilfarro: el escándalo global de la comida (Alianza Editorial, 2011).

Hay pues muchas formas de relacionarse con la comida. En todo caso, pensemos lo que cuesta el plato que tenemos delante y las relaciones de explotación, autoridad y violencia que puede haber detrás de una vaca que ríe o de una langostino sonriente con sombrero y bufanda.


Dani Font (Barcelona, 1983) es naturalista y colaborador habitual de medios de comunicación como DIAGONAL, LA DIRECTA y PERIÓDICO CNT. En COMBATE ha publicado “Huxley no tenía razón”.
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2 comentarios

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