Peliculín

Un comedor escolar. Una niña es reprendida por la cuidadora, que informa al padre del mal comportamiento de la cría. Una voz en off cuenta poco a poco el porqué de esta actitud. Rápidamente, reuniones de urgencia del AMPA, del director, del jefe de estudios, del secretario. Pero ¿quiénes son las víctimas, quiénes los culpables? Al final la memoria colectiva se encargará de rehacer la historia. Por JAVIER PASTOR.

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‘Memoria’, Carmen Mariscal.

Adhiriéndome con humildad de postit a esa corchera ya casi forrada de novelistas que se realizan como realizadores, cineastas que novelizan sus guiones y etcétera, la historia que cuenta mi peliculín, un largometraje de minutaje justito y discretísimo presupuesto interpretado por actores aficionados del Colector Teatral Manndawewosh, sucede en un poblachón llano de muy viva tradición agrícola, abrazado por un anillo de polígonos, hipermercados y cooperativas que aseguran a sus cuarenta mil habitantes prosperidad razonable y oferta diversa, un índice de paro poco sonrojante, delincuencia la justa y servicios sociales, educativos, culturales y sanitarios que de momento cubren con holgura, a falta del suntuoso centro comercial donde echar la tarde mirándose en los escaparates, sus necesidades: polideportivo, piscinas, pabellón cubierto, una docena de colegios, otra de institutos de secundaria y centros de formación profesional, un conservatorio, guarderías, archivo y biblioteca, un gran hospital, una treintena de farmacias. Ya se hacen una idea. Un equipo de fútbol, un canal de TV, un cine-teatro, un par de pintores, otro de escritores y otro de millonarios de los que fardar y en este pueblo grandón y bien majete, de gente que gasta con el forastero la franca cordialidad del que come fuerte y bebe mejor, un

ya estamos en el peliculín

forastero con una década de arraigo en la comunidad va a recoger a sus hijos al comedor escolar. Las cuidadoras le dicen que la pequeña, tres años, se ha portado mal y ha sido castigada, un informe banal por repetido: pura chispa, conseguir de ella cinco minutos de sosiego es un triunfo y combina muy precozmente la vocación del disparate con un encanto descomunal. El padre ahoga la risa mientras la reprende en falsete y de camino a casa pregunta por el motivo del castigo, pero los titubeos infantiles son interrumpidos por una voz femenina en off, voy a permitirme una voz en off: El pasado día 20 de abril, nuestra hija y otro niño de su edad fueron apartados de la cola del comedor por un grupo de alumnos de cursos superiores de primaria y conducidos al arenero de detrás del gimnasio, donde los obligaron a quitarse pantalones y ropa interior y a hacerse mutuos tocamientos en los órganos genitales, dándoles órdenes cada vez más vejatorias y animando a otros niños a que jalearan el espectáculo hasta que nuestro hijo mayor y una compañera pasaron por allí y corrieron a avisar al personal responsable, en ese momento el contratado por el Ayuntamiento para el servicio de comedor. El hijo, ocho años, recupera la suya: estaba jugando a tula en el patio cuando oyó gritar a un corro ‘¡Chúpale la polla! ¡Tócale el pepe!’ y se acercó. El pepe es localismo, sin duda desopilante en según qué contexto. Su hermanita se subió las bragas y los pantalones en cuanto lo vio, él salió disparado a avisar a las cuidadoras.

Llegan a casa, repiten lo que ha pasado, la madre corre espantada al colegio. Su hija le ha dicho que ha chupado y le han chupado. Antes de entrar ve jugando en el patio a uno de los implicados y lo lleva ante las cuidadoras, que se defienden: podría haber pasado a cualquier hora y en cualquier otro lugar y además el culpable principal es un alumno ajeno al comedor. De ahí acude a Dirección, la puerta está cerrada, simbólica anticipación. Llama al director por teléfono (éste le asegura que sale de inmediato hacia el centro para enterarse exactamente de lo ocurrido) y a continuación al presidente de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos (AMPA). Rota, rompe a llorar mientras lo pone al corriente. Su interlocutor responde diosmío y cuelga. Luego sabrá que sus dos hijos han presenciado el suceso.

Hacia el final de la tarde el director convoca a los cuatro padres, los de la niña y los del niño partenaire, tres años: dice tener una idea de conjunto bastante ajustada a lo ocurrido. Y todo apunta a que el instigador ha sido X, secundado por Z. Ha hablado con el padre de X, una bella persona a quien conoce y estima. Está destrozado —admito que desde casi casi los créditos iniciales hay bastante estrago emocional, sólo cambia la relevancia que se le concede según quien lo padezca. Trata de transmitirles la impresión de que todo está bajo control a pesar de la seriedad de los hechos. Él se entera absolutamente de todo lo que pasa en el colegio aunque no poseía un atisbo de lo ocurrido tres horas antes: sabe, ejemplo, lo que hacen sus hijos y que, ejemplo, la niña vejada está propuesta como hiperactiva. Los despide sin efusiones y sin interesarse por las versiones de la niña vejada, de su hermano y del niño vejado, al parecer son intrascendentes para el ajuste de su idea de conjunto. Quizá haya quien piense que empiezo a cargar pelín las tintas al emplear vejado en lugar de maltratado, manipulado, forzado, humillado, agraviado. Pues bueno. Es mi peliculín y ese comportamiento está recogido en la normativa vigente bajo el apartado Vejaciones y Humillaciones.

El día siguiente confirma la identidad de los líderes y de al menos media docena de tifosi de ambos sexos. El director es tajante, no se va a ocultar nada del abuso sexual, una agresión con agravantes, dice, que será castigada, dice, como merece. Ahora bien, cuando los padres de las víctimas le entregan copia de la lista que acaban de dar a la concejal de Educación con las no pocas irregularidades —incluida la inexistente vigilancia de los más pequeños— desatendidas reiteradamente por el encargado de personal del comedor con el propósito de pedir medidas disciplinarias al Ayuntamiento, contesta que el colegio no contempla apoyar esa demanda. Y cuando añaden que van a solicitar el traslado de expediente de los dos ideólogos del dislate obtienen la misma respuesta. Algo están haciendo mal ¿verdad?

El desencuentro inicial se acentuará en los días siguientes y la directiva de la AMPA mostrará una enervante falta de urgencia por reunirse con los padres afectados, que entretanto han informado a la Delegación de Educación para contrariedad del director. El director quiere gestionar el percance como asunto interno: es responsabilidad suya y de su equipo organizar horarios, turnos y distribución de espacios o velar por que las cuidadoras cuiden. Ya se ha identificado a cuatro de los alumnos presentes, hijos de miembros de la directiva mencionada con quienes mantiene saneadas relaciones extraescolares, son poco más o menos de la misma quinta, juegan al tenis los sábados. También pesa en las pretensiones de internalización del asunto otro abuso sexual cometido el curso anterior cuya supuesta víctima cambió de colegio, no así el presunto victimario. Que los padres de la niña vejada mencionen el precedente para apoyar sus esperanzas de que en esta ocasión los salientes sean los culpables alarmará sobremanera al director y dará lugar a consecuencias en ese momento, quizá ingenuamente, no contempladas.

Como sucede cuando alguien comenta su dolencia y alrededor brota media docena de veteranos dolientes de lo mismo, durante esos días imprecisos se enteran de que el imputado X casi le vació un ojo de una pedrada a una niña dos años atrás, de que una madre incómoda fue acusada de pegar a un niño y le ha costado cinco años de trajín judicial demostrar su inocencia… Cohesión espontánea, válvula de escape de agravios insatisfechos, hay quien se ofrece a recoger firmas o a firmar lo que haga falta —y por un instante asoma en el horizonte temblón un espejismo de solidaridad primaria, breve consuelo que se extinguirá tan inmediatamente como nació según entre en conflicto con la versión que empieza a irradiar del colegio. El primer síntoma de que es preferible buscarse la vida a contar con su amparo se manifiesta en el último encuentro personal con el director en su despacho, él y el secretario sentados, los padres de pie como reclusos ante el alcaide para que el plano dé la medida de su esperanza. Él ha sido acusado de permitir abusos sexuales en su centro ¿qué sucedería si los acusara de haber abofeteado a uno de los culpables? Demudados, contestan que ni lo han acusado de tolerar lo intolerable ni tiene la menor prueba que apoye su supuesto. Cruzan disculpas, cómo no, son los nervios, el tema es tan delicado. El secretario zanja cuando se despiden: Esto es una pérdida de tiempo, el centro tiene su opinión y ellos la suya. Los padres no volverán a recibir una sola comunicación de la directiva a partir del instante en que se cierre la puerta a sus espaldas, pero tres días más tarde el encargado del comedor los telefonea: le ha llegado el eco de que han agredido a un niño y ha decidido sacar a sus hijos del comedor de oficio porque teme represalias o que la emprendan con otros niños. Al parecer y obviando su desafuero, la ocurrencia del director no era producto de un repentino calentón y ha comenzado a permear el entorno bajo la forma de sugerencias a unos subordinados con querencia a agradar a la autoridad y deseosos de limpiar ante los concejales un prestigio innoblemente mancillado.

Fundido a negro, nos plantamos en la reunión que ha tenido a bien convocar por fin la AMPA. Ha transcurrido una semana desde que dos niños de tres años fueron inducidos a desnudarse y practicar sexo oral por unos osados mozalbetes de diez aprovechando una vigilancia históricamente tan laxa que nadie, es un decir, sabe en cuántas ocasiones se ha repetido el pase público de esa sesión de babyporn: pero el entendimiento entre unos padres que pretenden, subrayan, resolver el incidente por vía administrativa y no penal — mediante el traslado de encargado y cuidadoras a otro comedor y de los dos instigadores a otro centro—  y el bloque formado por dirección y directiva de la AMPA se antoja remoto. Porque la decisión está tomada, con esa acuosa impersonalidad que diluye responsabilidades en el pucherete del común acuerdo: se expulsará quince días a X y otros tantos a Z. Punto final en cuanto al resto del fervoroso público infantil (los cabizbajos padres de cuatro animadoresestán ahí en representación de su cargo) y a la desastrada organización que ha propiciado el hecho. Por una perversa inversión de papeles bien articulada con el uso interesado de la oportuna escala de victimización, X y Z son de pronto más víctimas que los niños que han vejado: se les ha hecho el vacío, van a clase acompañados de sus tutores, han sido insultados por adultos y por alumnos mayores. Aparte de que quizá se lo hayan buscado y así de fiera es la humana naturaleza, podrían ser razones añadidas que justifiquen un saludable cambio de ambiente: pero no lo aconseja así el terapeuta que el colegio ha puesto a su disposición para aportarles un apoyo psicológico del que están, felices ellos, exentos sus dos diminutos títeres ni la troika formada por director, jefe de estudios y secretario. Paladinamente defienden que no hay que quitarse el problema de encima, sino asumirlo y tomar las medidas reeducadoras y correctoras pertinentes. Además, son menores y quince días de expulsión es la más severa sanción aplicable al caso. La población escolar ha de recobrar el equilibrio y hay quienes han sacado los pies del tiesto, no hace falta nombrarlos, en lugar de ayudar a sus niños a normalizar [sic] como ya se están esforzando en hacer los responsables. Que normalicen, sic, vaya. Fin de la reunión, más fundido a negro.

Sucesivos flashes insertados aquí y allá informarán de los frentes abiertos por los padres de la niña —los del pequeño coabusado, menos batalladores o más conformistas o más razonables, se darán por satisfechos con la quincena de arresto domiciliario— durante el mes siguiente. Informan a la Delegación de Educación a través de su propio sindicato, el de Trabajadores de la Enseñanza (¿se ha dicho ya que como profesores de secundaria comparten gremio con el director?) y al Centro de Asistencia de Víctimas de Abusos Sexuales, a la oficina de Asuntos Sociales de la población, a la de Bienestar Social de la provincia…, consultan, se asesoran, adquieren conciencia del esfuerzo de poner en marcha la maquinaria administrativa sin que la exasperación los empuje a reconsiderar la vía penal: se han impuesto desde el primer momento evitar a sus hijos la rememoración y repetición sin fin de los hechos ante psicólogos, pediatras, asistentes sociales, abogados o fiscales. Los responsables son menores de catorce años, meterse en ese proceso supone una pérdida de tiempo y un daño gratuito a las víctimas es el estribillo que recitan los profesionales a quienes acuden —excepto la abogada del sindicato. Cuidado, advierte, con ser denunciados, precisamente, por no haber denunciado unos hechos de los que la misma Dirección del colegio debería haber dado cuenta a la Fiscalía de Menores. Y cuidado con la penetración y extensión de ese bulo de los malos tratos que de por sí, forasteros hilvanados en el prieto tejido de un pueblo grande, mantiene su ánimo en precario.

También, claro, engordarán el tópico anecdotario que muta al contribuyente en una moscarda empalmando hostias contra el cristal, introducidos en una tolva donde se requiere la más mínima solicitud por escrito, se alega el carácter interno de ese informe de derivación, se explicita la necesidad de una aprobación previa de tal organismo que a su vez reclama la previa autorización de otro o del mismo, autodeclarado incompetente en abusos, para reenviarlos a especialistas en abusos que tampoco resultan ser especialistas en abusos más el etcétera burocrático familiar a los nativos de este país inexistente cuando exploran según qué pasadizos. Y agotadas por fin las iniciativas con que venían alimentando o importunando a la maquinaria, ésta se detendrá, como es deducible de su silencio. Estarán a la espera porque ya sólo cabe permanecer a la espera. Sólo obtendrán silencio. El silencio cuyo epicentro se localizó en el despacho de un director se expandirá en círculos concéntricos anegando sin violencia la población, la inspección, la delegación, la administración y todo eso que suele acabar en –on.

To hell with suspense, recomendaba Vonnegut. Pero es un peliculín sin suspense: los niños se han adaptado con admirable docilidad (esa, al parecer, plasticidad inagotable que toca demostrar a los niños por su misma condición de embriones de adulto) al nuevo colegio. Ella sigue siendo una minimarcelino cuesta abajo y él un mocito noblote y avispado, luego han normalizado, parece, aunque no sea donde parecía justo y hasta decente que normalizasen —quizá esas valientes medidas reeducadoras y correctoras aludían a quitárselos de encima por el bien de los inductores. Dadas sus especiales circunstancias, a veces concurrentes y a veces no y a veces patatín y a veces quetedén, han gozado del privilegio de encabezar ipsofactados la lista de admisión del centro que se han visto obligados a escoger sus padres entre la oferta de este próspero poblachón.

Como a pesar de cobrar (poco, pero también) por figurar en créditos de guionista y montador no pretendo un peliculín más tendencioso que su sinopsis, no sugeriré un pasado politoxicómano o un ácido divorcio disolviendo la familia y la capacidad de juicio del director. El intérprete lucirá una jeta dulce, barbuda y ascética y su personaje un currículo rebosante de cargos, ascensos, congresos y virtudes registradas —tipo capacidad de gestión y compromiso con la enseñanza, pendones que obligan a mantener la armadura repulida. Ha presentado por primera vez su candidatura a cargo en las elecciones del poderoso sindicato en que milita y ahora más que nunca ha de demostrar su muy acreditada competencia y su sensibilidad social: y ya se sabe que la ambición política restriega el relieve de los principios hasta dejarlos ilegibles. Que palabros como fellatio o cunnilingus indeseablemente asociados a dos criaturas de tres años —sumisas a las nada infantiles ocurrencias de unos niños, si es que yo tuve diez años, de diez— se le hayan deslizado por debajo del portón lo pone en un trance profundamente injusto con sus méritos y aspiraciones. Que los afectados, tan rayentes, oreen los hechos extramuros en lugar de confiarse a él, a su prestigio profesional y aplomada sensatez, el colmo de la altanería, la indiscreción, el desorden y por qué no, de la ingratitud, considerando el fervor con que de siempre se ha entregado a su profesión y en el presente a este colegio. Una violación del conducto reglamentario y de la más elemental buena fe que merece una respuesta inolvidable. Ay qué calamidad. Las minucias eternamente postergables en favor de mejoras siempre más necesarias o más visibles o populares se han conjurado para alzar una esquinita del modesto horror cotidiano y en ese horror participan sin sombra de culpa los hijos de sus amigos. Qué difícil, joder.

Como mi peliculín aspira a transmitir humanidad entre tanta ventanilla y tediosa reunión y nones y frustración y dilaciones y funcionarios dispuestísimos a sostener un pimpampum que cada vez paga menos a fin de mes, salpicaré breves episodios —muy creíbles, espero—  de emoción diversa. Ejemplo, la niña vejada se queja de que le duele ahí cuando su madre la baña. Y es mentira, clarinete, pero la pobre trata de desactivar por la vía más eficaz y más a su alcance, agravando espuriamente su experiencia, las acusaciones de un hermano que la culpa del cambio de colegio, de amigos y de atmósfera doméstica. El chavalote vuelve a morderse las uñas hasta la raíz, un primer plano lo delatará (ensimismado) escupiendo recortes. Los dos tienen pesadillas. O ejemplo, la madre de X se pondrá a llorar durante la reunión cada vez más convulsivamente y acabará siendo sostenida por el mencionado secretario y el presidente de la AMPA mientras grita que su hijo amenaza con arrojarse por la ventana. O, ejemplo, el padre de Z alzará una ceja mientras escupe en seco ‘Qué es lo que queréis, que tengo prisa’, rudeza cateta que sólo trata de sofocar su desconcierto. Su miedo. Habrá otros detalles de penetración psicológica de los que espero efectos conmovedores.

Mi peliculín contendrá su dosis de sanísima crítica de instituciones y costumbres, así que sugerirá al espectador el poder que es capaz de administrar el director de un centro de primaria si cuenta con el apoyo incondicional de un equipo, por incondicional, confuso acerca de hasta dónde alcanzan las obligaciones del corporativismo gremial. Contribuirá el respaldo de las redes clientelares, amistosas y familiares propias de una población manejable y de sus representantes, llámense AMPA o Ayuntamiento, máxime cuando la Administración está tan ocupada y los inspectores tan saturados. Chapoteando pudorosamente en la estela del maestro Hanecke, se detendrá en cómo uno de esos percances de los que ni usted ni yo ni nadie quiere saber nada es un petardo insertado en el sieso del incuestionable y bien apelmazado monigote civicosocial del que hemos mamado y maman nuestros hijos y pone a rotar las respectivas escalas de valores como molinillos budistas para que familia, educación, cultura, cuenta corriente, rango profesional, credo, fanatismos deportivos, previsión de voto o cuotas a ONG’s dejen de distinguir las convicciones y hechos de unos y otros, obcecados unos y otros en la misma urgencia: salvar el culo. Huy qué basto. Quiero decir, en el rescate categórico de sus estatus sin víctimas entre ellos y los suyos merced al eficaz, silencioso, inapelable desplazamiento de las víctimas reales y de su presunción de tales, condiciones sinecuanon para que tanto desajuste moral recupere la estructura inflexible, momentáneamente extraviada o pospuesta, que le es propia —por no hablar del muy progresista ideario del colegio, adobado en bellos propósitos (Gestión participativa y democrática, Convivencia basada en el respeto y la libertad de expresión, Autoevaluación de los errores para una constante mejora, Formación de personas integrales [sic], sanas, solidarias, tolerantes, pacíficas y responsables y el resto, tan admirable como previsible) que de ningún modo han de perder lustre ni vaciarse cínicamente de contenido.

La cámara vuela en lento travelling sobre los beneficios derivados de aquel incidente tan antipático y ya, se antoja, tan lejano. Sigilosamente se han reorganizado espacios y turnos en el comedor para que no haya mezclas entre externos y mediopensionistas, sigilosamente se ha contratado a una cuidadora cuya tarea específica es la vigilancia permanente de los más pequeños, sigilosamente se ha alzado una valla en el arenero para que ningún alumno pueda acceder a su antojo y maquinar porquerías, bajo la canasta de minibasket brincan X y Z y sus chapetas sanas y sudorosas manifiestan una ansiada y muy satisfactoria normalización hasta la próxima bárbara trastada. Pasará algún tiempo, no demasiado, antes de que en esa plasta denominada memoria colectiva cuaje un pasado reformulado y se decida que todo eso es así de siempre y es rarísimo que algo así ocurriera, jibarizando ese algoasí en leyenda urbana o puebluna. Elevándonos a vista de gavilán sobre la telaraña de calles quietas y ordenadas —la plaza y su gran fuente, el blanco Ayuntamiento con el reloj en la fachada, el nuevo graderío del estadio, la vieja chimenea industrial que a la noche se ilumina como el obelisco de Luxor— empalmaremos a pedal con Google Earth para mostrar la localización exacta de ese poblachón imaginario en un país, ya se ha dicho, inexistente: pero hay gente susceptible y bien asesorada que podría sentirse aludida y no tengo ni para pagar el basurazo, no digamos ya indemnizaciones o costas de juicio. Así que mi peliculín advertirá en los créditos finales de que cualquier semejanza con personas, hechos o lugares reales es mero etcétera y más etcétera.

Madrid, enero de 2010


Javier Pastor (Madrid, 1962) es escritor. Ha publicado novelas como Fragmenta  (Lumen, 1999), Esa ciudad (Ediciones B, 2006) y Mate Jaque (Mondadori, 2009). El texto “Peliculín” ha sido publicado inéditamente en COMBATE.
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