La máquina en el fantasma: tres apuntes estéticos para el s. XXI

Si nuestra mente es materia y nuestra conducta deja de ser objeto de la ética para pasar a ser objeto de la física, ¿no podremos acaso decidir qué es deseable hasta que conozcamos en detalle los mecanismos físicos del deseo? El nuevo "somaanálisis" se ocupa de descubrir los deseos de nuestro cuerpo. Las estructuras tecno-comerciales están ahí, esperando suministrarlo. Por GERMÁN SIERRA.

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El humanismo fue el responsable de consolidar al «fantasma en la máquina», expresión que se refiere a una idea abstracta de lo humano construida sobre su supuesta capacidad metafísica para animar la materia de un modo peculiar y exclusivo, y cuya consecuencia moderna fue facilitar el despliegue de discursos de poder afirmados en una definición específica de lo humano. No es casual que la crítica postmoderna, —con sus numerosos defectos, eficaz sin embargo en su cuestionamiento de la universalidad de los principios humanistas— haya sido atacada repetidas veces en nombre de una ciencia que debería, en realidad, denominarse ciencia-mito.

Volatilizado el fantasma humanista, el conocimiento científico y las tecnologías resultantes de su aplicación deberían haber podido describir una máquina susceptible de modificaciones y reconstucciones «más allá de lo humano». La ciencia-mito a la que se aferran las estrategias tecno-comerciales del presente no posee, sin embargo, características constructivistas, sino que se jacta de apuntar directamente hacia «lo real» (una realidad dogmática de lo antrópico, por ejemplo, a la que deben ajustarse los resultados experimentales y las teorías), desvinculándose de la contingencia que se desprende de la correcta aplicación del método científico. Las estrategias tecno-comerciales han instrumentalizado una particular interpretación de los modelos de conocimiento obtenidos mediante la investigación científica, invirtiendo el sentido del dualismo humanístico y las relaciones causales establecidas por la antigua metafísica: si antes el fantasma era el sujeto de la acción, ahora es la máquina la que anima al fantasma. La consecuencia de esta inversión es que lo hipotéticamente «mecánico» —u «orgánico»— sólo puede ser examinado o modificado ajustándose a las exigencias de los discursos dominantes, única opción para mantener la ficción de un fantasma de lo humano que vuelve a presentarse como inmutable e indiscutible. Cuando todos los territorios —incluidos los intelectuales— han sido conquistados, el territorio a conquistar es el cuerpo/máquina de los conquistadores, que no puede sino rendirse si desea «conservar su alma».

Si nuestra mente es materia —que lo es—, y nuestra conducta deja de ser objeto de la ética para pasar a ser objeto de la física, ¿no podremos decidir qué es deseable hasta que conozcamos en detalle los mecanismos físicos del deseo? Así como el psicoanálisis se ocupó en su momento de desenterrar los deseos ocultos en la mente, el nuevo somaanálisis se ocupa de descubrir los deseos de nuestro cuerpo, las condiciones perfectas de su desarrollo, lo que conviene o no a «nuestra naturaleza…». Y las estructuras tecno-comerciales están ahí, esperando para suministrarlo.

Para eliminar al fantasma del comando de la máquina fue necesaria la coincidencia del desarrollo científico con una «primera descentralización» de lo humano a través de las estéticas modernistas y postmodernistas. Hoy se desarrolla una «segunda descentralización» en la que nuevas propuestas estéticas y filosóficas que asumen e intervienen el presente científico-técnico-comercial intentan responder a la pregunta ¿qué significa «humano» en una era post-antropocéntrica en la que el ser humano ya no es un ente privilegiado, sino un elemento más en procesos o ecologías que le son completamente ajenas?

1) Respuesta nihilista: no significa nada. La especie humana no es sino un accidente del azar. El conocimiento es una ilusión, y el humanismo es una pura ficción sin sentido en un universo donde los seres humanos no juegan un papel mas importante que cualquier otro objeto. Esta es, evidentemente, una respuesta tan vieja como el propio humanismo, pero suele recobrar un gran atractivo intelectual en épocas de cambio radical, hoy relacionado en gran medida con la descripción científica de la temporalidad y extensión del universo. Poca duda cabe de que el ser humano es, en cualquier caso, un fenómeno ínfimo. El pensamiento de Eugene Thacker, el Atrocity Kitsch de Johannes Goransson la película Melancolía de Lars von Trier o la novela 300.000.000 de Blake Butler son algunos ejemplos de la «estética del fin» (Sierra, 2015), directa o indirectamente asociada a esta respuesta.

2) Respuesta neomaterialista: admitimos que el ser humano no es un objeto ontológocamente privilegiado, pero el único conocimiento al que tenemos acceso es el conocimiento humano, y somos lo bastante modestos como para contentarnos con ello. En consecuencia, debemos ocuparnos de establecer modelos de realidad comprensibles por los seres humanos, expresar el modo en que los componentes de la realidad se relacionan entre sí desde nuestro punto de vista, y aplicar estos conocimientos a modificar la realidad próxima para asegurar la supervivencia y mejorar la calidad de vida de la especie humana. Las teorías de Stuart Kauffman y otros investigadores de sistemas complejos, la filosofía de Bruno Latour, la literatura conceptual o no-creativa, o el bioarte son buenos ejemplos. La estética asociada es la «estética de laboratorio» (Ladagga, 2010)

3) Respuesta neoracionalista/aceleracionista: la humanidad es un factor transitorio en un proceso evolutivo hacia otra cosa. El humanismo tradicional deviene en inhumanismo, y el destino y objetivo de la especie humana es facilitar esa transición. El pensamiento de Reza Negarestani o la literatura algorítmica ejemplifican esta respuesta. La estética asociada es la «estética especulativa» (Mackay et al., 2014).


Referencias:

Sierra, Germán, La literatura del fin. En “Narrativas cruzadas: hibridación, transmedia y performatividad en la era digital”. Próxima publicación 2015.

Ladagga, Reinaldo. Estética de Laboratorio, Adriana Hidalgo Editores, 2010.

Mackay, Robin et al. Speculative Aesthetics, Urbanomic, 2014.


Germán Sierra (A Coruña, 1960) es un escritor español de la Generación Nocilla o Afterpop, y profesor de bioquímica y biología molecular en la Universidade de Santiago de Compostela. Es autor de libros como Efectos secundarios (Debate, 2000), Alto voltaje (Mondadori, 2004), Intente usar otras palabras (Mondadori, 2009) o Standards (Pálido Fuego, 2013), entre otros.
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