Las huellas del debate

¿Cuáles son las relaciones entre ciencia y cultura? ¿Y entre ciencia y humanidades? ¿Existen dos culturas claramente diferenciadas? COMBATE se plantea estas y otras preguntas en el editorial de su segundo número y resigue el concepto de tercera cultura acuñado por Snow en 1959 como alternativa a la división de la cultura en dos grandes bloques.

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Drawings Hands, por M. C. Escher (1948). National Gallery of Art of the USA.

¿Por qué dedicar el segundo número de COMBATE a la relación entre ciencia y cultura? Antes de nada, es preciso hacer una aclaración sobre este epígrafe. Lo que planteamos con este binomio no es en ningún caso una contraposición real, ni siquiera una dicotomía. Muy al contrario, creemos que la ciencia puede ser entendida única y exclusivamente como parte integrante de un mapa cultural más amplio y del sistema de relaciones que le es propio, con el que por cierto interactúa incesantemente. No obstante, queremos hacernos eco aquí de un debate ya viejo, obsoleto quizá en muchos puntos, pero que ha tenido a pesar de ello, incluso con sus evidentes limitaciones, un peso más que significativo en la historia intelectual del siglo XX. Se trata de la división entre las llamadas dos culturas, una científica y una humanística, que a finales de los años 50 del pasado siglo denunciaba, en el curso de una conocida conferencia, Charles Percy Snow. Este escritor de formación científica lamentaba la pérdida de la tradicional unidad de la cultura a raíz de la revolución industrial, y la creación de dos grupos antropológicamente diferenciados cuyas reservas recíprocas y simétrica suspicacia los llevaba a mirarse mutuamente desde el antagonismo, desde el prejuicio e incluso desde el desprecio. Ante este paisaje de fractura, Snow expresaba su esperanza y confianza en la aparición de una tercera cultura que pudiera hacer converger los intereses de uno y otro grupo en aras de un proyecto común.

A más de medio siglo de distancia, es cierto que el planteamiento de Snow puede parecernos excesivamente simplista y de una imparcialidad poco creíble; a lo largo del texto, la discutible y tácita asimilación, por un lado, de la ciencia a la idea de progreso, y la visión, por el otro, de las humanidades como cuerpo cultural cerrado que se ha arrogado sin razón alguna el monopolio del panorama intelectual, hacen que algunas de las conclusiones del autor sean, cuanto menos, poco consistentes. Sin embargo, la cuestión de fondo apuntada por Snow ha demostrado constituir aún a día de hoy, más allá del escepticismo de sus críticos, el foco mayor de una problemática que supera los límites de lo académico y tiene claras resonancias en el ámbito de lo social.

Charles P. Snow lamentaba la pérdida de la tradicional unidad y la creación de dos grupos antropológicamente diferenciados. Ante este paisaje, expresaba su esperanza en la aparición de una tercera cultura que hiciera converger los intereses de ambos grupos en aras de un proyecto común.

Cabe decir que el sueño de Charles Percy Snow a propósito de una tercera cultura se cumplió, aunque solo en parte. Ya el mismo autor, en un texto publicado en 1963 como suplemento a su conferencia, adivinaba el germen de esta tercera cultura en una serie de ámbitos de conocimiento no ortodoxos, aparecidos furtivamente a mediados de siglo y que suponían de algún modo la apertura de una vía hacia la interdisciplinariedad. En 1995, el editor John Brockman retomó la expresión de Snow para intitular el libro The Third Culture. Beyond the Scientific Revolution, en el cual recogía una serie de entrevistas con algunos de los más grandes representantes de la nueva ciencia. Algunos de ellos cuestionaban efectivamente la artificial escisión de saberes, preguntándose, como Steve Jones, si «alguna vez ha habido más de una cultura». No obstante, el tono dominante rozaba, lamentablemente, el desprecio y el rencor: las humanidades eran tildadas de «mafia intelectual» (Paul Davies), y los eruditos de letras, «acostumbrados a un papel dominante en nuestra cultura» (Nicholas Humphrey), eran descritos como responsables de una «usurpación de los medios intelectuales» (Richard Dawkins) que debía ser corregida.

Salta a la vista que la noción de tercera cultura tal como la acuñó Snow poco se corresponde con la revisión que de ella hizo Brockman. Lo que el editor americano llamó así, en un hábil giro mercadotécnico, se refería más bien al fenómeno de la divulgación científica, por el cual la ciencia se convertía en moneda de cambio del gran público –o de un público culto medianamente amplio– sin necesidad de recurrir, como pretendía Snow, a las humanidades. La ciencia habría hallado así la fórmula de la autonomía, pudiendo prescindir de aquella molesta otra cultura, la humanística, que quedaría ahora relegada por fin a su ensimismamiento.

El concepto de tercera cultura supone así en manos de Brockman, de un modo paradójico, el elemento de ruptura definitivo entre las dos culturas tradicionales. Este punto de vista resulta difícil de aceptar si no asumimos la premisa, implícita en Snow, de que la relación entre ambas tiene un sentido esencialmente instrumental –el de difundir el interés por la ciencia entre el público–. No obstante, es cierto que el planteamiento de Brockman pone sobre la mesa dos cuestiones que merecen ser pensadas más detenidamente: en primer lugar, está la pertinencia de la divulgación científica: ¿de qué modo la ciencia y sus resultados deben ser presentados al público? Dadas las limitaciones técnicas de este, ¿debe introducírsele en el conocimiento más o menos detallado de la nueva ciencia, o el acercamiento debería limitarse a un tipo de razonamiento más genérico? En segundo lugar, pone un interrogante significativo sobre la situación en la que queda la relación entre las dos culturas: si entre ellas no hay, como pretendía Snow, un vínculo de superposición funcional, ¿cuál ha de ser el puente entre ambas? ¿Existe una división efectiva más allá de la trazada por la sociedad? ¿Se trata, al fin, de dos mundos verdaderamente distintos e irreconciliables?

Ciencia y humanidades comparten el discreto pero fuerte nexo de saberse parte de una sola tradición cultural, en la cual juegan por lo demás el rol de pilares centrales.

A propósito de este punto, creemos que toda reflexión que intente otorgar una prioridad intelectual, moral o de cualquier tipo a una de las dos culturas en menoscabo de la otra, está inevitablemente destinada al fracaso. Del mismo modo, la relación entre estas dos culturas no puede ser entendida desde un punto de vista instrumental: ni las humanidades han de ser consideradas como una simple vía de acceso a la razón científica, ni deben ellas mismas atribuirse una virtud ética de la que la ciencia carecería. Ello no quita por supuesto que puedan existir –y de hecho existan– intercambios estimulantes y atractivos entre ambas. Ciencia y humanidades comparten el discreto pero fuerte nexo de saberse parte de una sola tradición cultural, en la cual juegan por lo demás el rol de pilares centrales. No es gratuito que grandes hombres como Einstein, Poincaré o Schrödinger estimaran necesario para el físico el poseer una sólida formación humanística. Por desgracia, no son tantos los intelectuales de letras que han celebrado las virtudes de la ciencia y sus avances, pero es verdad que muchas de sus propias aportaciones son deudoras directas de dichos avances y de la nueva mirada sobre el mundo que estos han hecho posible.

Hoy por hoy, la vertiginosa aparición y el avance de una serie de disciplinas cada vez más distantes de los modelos tradicionales ofrecen un campo de cultivo perfecto en el que intentar nuevas formas de aproximación que superen la envejecida barrera de las dos culturas. Ámbitos como la neurociencia –que ha hecho posible y necesaria una nueva mirada sobre algunos conceptos nucleares de la lingüística y de las ciencias sociales–, la nanotecnología y la informática, la bioética, la robótica o los estudios interdisciplinarios, muestran la permeabilidad cada vez mayor del conocimiento humano y constituyen una alternativa nada desdeñable a las disciplinas clásicas. Se trata únicamente de la punta del iceberg: anuncian, si no la desaparición de aquella tradición cultural, sí la progresiva disolución de los viejos límites taxonómicos que hasta aquí la constreñían. Repensar el problema planteado por Snow se hace pues más imperativo que nunca; pero no para trazar una vez más las fronteras del pensamiento, las demarcaciones internas que lo constriñen, sino para adivinar ahora, en este mosaico de lindes imprecisos, el nacimiento del nuevo lenguaje en el que se escribirá la historia cultural del siglo XXI.

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1 comentario

  1. FRANCESC - August 28, 2014 12:18 pm

    DE KULTURA, COM DE RELIGIÓ, NOMÉS NI HA UNA, LA DEL NÚVOL AL CIM DE LA MUNTANYA DE MERDA PUDENTA. REJOISSEZ-VOUS, UN ENFANT NOUS EST NÉ, AU FOND DE LA NUIT, CE NE ERAMO CERTI.

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