La isla que se quedó a medio camino

Volcanes espectaculares, glaciares interminables y géisers que surgen de las profundidades de la tierra. Islandia es ese lugar único que en 2008 saltó a los periódicos por una crisis que hundió a su sistema financiero y levantó a sus ciudadanos. Más de cinco años después, ¿qué queda de todo aquello? ¿Cómo es Islandia hoy? Por PABLO JIMÉNEZ.

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Turistas observan el vapor dejado por el géiser Strokkur // PABLO JIMÉNEZ

Turistas observan el vapor dejado por el géiser Strokkur. // PABLO JIMÉNEZ

La carretera que une el aeropuerto internacional de Keflavik con Reykjavik, la capital de Islandia, recorre paisajes casi lunares. Los árboles escasean en este país, de un tamaño mayor que Portugal, pero en donde viven poco más de 320.000 personas. La mayoría en las áreas urbanas en torno a su ciudad principal, que es también el centro político, cultural y económico de la nación.

Los campos de lava solidificada, con formas extrañas y el color verdoso de los líquenes, aparecen a los lados de la calzada. Las huellas volcánicas están aquí y allá en esta isla, poblada por más de 200 volcanes en su territorio. Por culpa de uno de ellos, el Eyjafjallajökull, el cielo europeo se llenó de ceniza en 2010, haciendo imposible que ningún avión volase sobre el continente durante semanas.

Esta era la segunda vez en pocos años que este país, a medio camino entre América y Eurasia, saltaba a los titulares de los periódicos de medio mundo. Unos 17 meses antes lo hacía por una razón bien diferente: su descomunal sistema financiero, compuesto por tres bancos que valían diez veces más que la riqueza del país, se vino abajo en octubre de 2008, pocos días después de la caída de Lheman Brothers. Las consecuencias para su economía fueron terribles.

Antes de aquello, las cosas aparentaban ir muy bien en Islandia. No faltaba el trabajo ni tampoco la seguridad proporcionada por un sistema de protección pública similar al de sus vecinos escandinavos. Pero sobre todo, no escaseaba el dinero. Los bancos daban créditos generosos para que las familias se comprasen una vivienda, los coches de lujo circulaban por la ciudad y los políticos se felicitaban por lo bien que marchaba todo.

Nadie lo vio venir o nadie quiso verlo. «La gente no se dio cuenta de lo que estaba pasando en frente de sus narices porque tenían dinero», comenta años después Sigursteinn Másson, activista medioambiental y experiodista, en un bar del antiguo puerto de Reykjavik. Un lugar que hoy se ha convertido en uno de los puntos más visitados en la ciudad por los turistas y desde donde zarpan los barcos que se adentran en las frías aguas del Atlántico Norte para ver ballenas en altamar.

En aquel invierno del 2008 los islandeses se encontraron con unos niveles de paro desconocidos hasta entonces. Muchos jóvenes prepararon sus maletas para emigrar y los precios de los productos de consumo (gran parte de ellos importados desde fuera de la isla) se multiplicaron, después de que la krona, la moneda local, perdiese más de la mitad de su valor. Pero el país también se sorprendió con un sonido que se había escuchado años atrás en un país de habla hispana del lejano cono sur, la Argentina de principios de siglo.

Miles de islandeses sacaron de sus cocinas sartenes y ollas y las golpearon sin descanso frente al parlamento nacional, en la céntrica plaza de Austurvöllur. Era su manera de exigir responsabilidades a unos políticos que, según se comenzaba a saber, habían permitido todo tipo de desmanes a los banqueros del país.

En un principio eran pocos, apenas unas decenas. Pero pronto los manifestantes se convirtieron en miles. Sus reclamaciones estaban claras: la renuncia del gobierno, la dimisión de las máximas autoridades financieras del país y la convocatoria de elecciones. Al sonido metálico de las cacerolas se sumó el de los tambores y un indisimulado sentimiento de rabia que provocó los primeros disturbios en el país desde las protestas contra la entrada en la OTAN, en 1949.

Austorvöllur, la plaza frente a la sede parlamentaria, es un lugar pequeño, así que los diputados islandeses no tenían una escapatoria fácil. Pese al cordón policial, sobre ellos volaron huevos y los insultos de una sociedad que se sentía estafada. La presión popular durante la Revolución de las cacerolas –así se dio a llamar- provocó la convocatoria de elecciones y la llegada al poder del primer gobierno de centro-izquierda (una alianza de socialdemócratas y verdes) en la historia democrática de Islandia. Las expectativas entonces eran muy altas.

Las decepciones de un intento revolucionario

Cinco años después existe una clara sensación de desengaño y cierta frustración entre parte de la población islandesa. «Se le ha dado demasiado bombo a eso de la revolución islandesa. Los islandeses no quieren acabar con el capitalismo. Más bien al contrario, de media son bastante materialistas y conservadores», comenta Guðni Jóhannesson, historiador y profesor de la Universidad de Reykjavik.

Austorvöllur, la plaza frente a la sede parlamentaria, es un lugar pequeño, así que los diputados islandeses no tenían una escapatoria fácil. Pese al cordón policial, sobre ellos volaron huevos y los insultos de una sociedad que se sentía estafada.

El proceso que se inició en los últimos meses de 2008 levantó una gran ilusión tanto dentro como fuera de la isla. De algún modo, Islandia se convirtió en una especie de referente para los que creían que había un modo distinto de enfrentarse a la crisis que empezaba a golpear a Europa. El modelo islandés se puso de moda y las banderas azules con la cruz escandinava aparecieron de repente en las plazas y en las manifestaciones de movimientos como el 15-M español.

Las agencias internacionales de noticias, a partir de informaciones superficiales y medias verdades, propiciaron que se extendiese una imagen imprecisa del caso islandés. Es verdad que sus particularidades sociales (una población escasa y pragmática, también en lo político) y monetarias (tienen una divisa propia, lo que les permitió devaluar su moneda justo después del colapso bancario), hicieron posible que las políticas puestas en marcha fuesen más democráticas y menos dañinas para la población, si las comparamos con las de otros lugares. Pero también lo es que hay una serie de mitos que poco tienen que ver con lo que ocurrió en el país.

Ovejas en la isla de Heimay, en el archipiélago de Vestmannaeyjar // PABLO JIMÉNEZ

Ovejas en la isla de Heimay, en el archipiélago de Vestmannaeyjar. // PABLO JIMÉNEZ

En Islandia, por ejemplo, no se ha encarcelado a políticos. Es cierto que un tribunal especial halló culpable al anterior primer ministro, Geir H. Haarde, por negligencia y mala gestión en los años previos a la crisis, pero esta sentencia no implicó su entrada en prisión. Tampoco es cierto que el estado islandés se librase de pagar las deudas generadas por los bancos privados. Sí lo es que se negó a hacerlo según las condiciones que le exigían desde el extranjero (con la carga de intereses y costes judiciales del interminable caso Icesave), tras una movilización popular que impidió –a través de dos referéndums- la firma de varios acuerdos ya aprobados por el Parlamento. Pero eso no significa que los islandeses se librasen de pagar de su bolsillo gran parte de los efectos de una burbuja financiera que ellos no provocaron.

Pero quizás, el asunto que más expectación despertó entre la izquierda reformista (tanto local como extranjera) y que más equívoco ha generado fue la construcción de una nueva constitución. El periodista catalán Èric Lluent, en su libro Islàndia 2013, Crònica d’una decepció, hace un relato completo y documentado sobre cómo un proceso altamente consensuado entre los sectores de la sociedad civil y apoyado por una mayoría social acabó el pasado año en el cajón del parlamento debido a las presiones de las élites políticas y económicas de la isla.

Este texto, cuyo borrador fue escrito por una asamblea de ciudadanos elegidos democráticamente, ponía en cuestión algunos de los privilegios a los que estas élites habían accedido durante años y, sobre todo, intentaba redemocratizar un sistema que se había visto incapaz de controlar los delirios capitalistas de unos cuantos.

La diputada por el Partido Pirata Birgitta Jónsdóttir, quien tuvo un papel destacado en la movilización popular tras el colapso financiero, apunta a los poderes tradicionales de la isla como los causantes de que la nueva constitución no fuese finalmente aprobada. «Desde el principio hubo intentos de matar el proyecto por aquellos que siempre han tenido el poder en Islandia, mucho más allá de los últimos 18 años de gobierno de derechas. Este país ha estado controlado por las mismas familias desde mucho antes de su independencia», analiza Jónsdóttir.

Quizás, el asunto que más expectación despertó entre la izquierda reformista (tanto local como extranjera) y que más equívoco ha generado sobre Islandia fue la construcción de una nueva constitución. Un proyecto que quedó en un cajón del parlamento, debido a las presiones de las élites políticas y económicas de la isla.

El proyecto constitucional planteaba cuestiones como un mayor control ciudadano sobre las decisiones políticas, a través de una ley de transparencia y la posibilidad de convocar referéndums si así lo solicitaba una mayoría del electorado. También protegía la titularidad pública de los recursos naturales del país, lo cual ponía en entredicho el poder que varias de las familias más ricas de la isla tenían sobre el sector pesquero. Y además otorgaba igual valor a los votos de cada islandés, sin importar si provenían de zonas urbanas o rurales, circunstancia que perjudicaba a muchos de los diputados de los partidos tradicionales.

La impericia o directamente la falta de interés político real por sacar adelante el proyecto constitucional vino a rematar a un gobierno que había ido perdiendo popularidad a pasos agigantados a lo largo de la legislatura. En abril del año pasado las previsiones se cumplieron y los dos grandes partidos conservadores, que hasta 2009 habían monopolizado la historia política islandesa, el Partido por la Independencia y el Partido Progresista, formaron un nuevo gobierno.

La connivencia de los independientes en la gestación de la crisis (demostrada a través de un informe público elaborado por el parlamento) y la condena al anterior primer ministro,no evitaron que esta formación se convirtiese, después de sólo cuatro años, en el partido más votado.

Una cascada en la costa sur de Islandia // PABLO JIMÉNEZ

Una cascada en la costa sur de Islandia. // PABLO JIMÉNEZ

¿Una vuelta al pasado o un pequeño paso atrás?

Un fuerte olor a pescado surge a veces en algunos puntos de la costa islandesa. Un hedor que proviene de viejas casetas de madera donde se cuelgan durante semanas piezas de carne de tiburón, utilizando un método de conservación que proviene de los tiempos en los que el país era un lugar pobre, aislado y escaso de recursos. Así fue Islandia hasta la segunda mitad del siglo XX.

Bajo el mandato de la corona danesa, los habitantes de este territorio sufrieron durante siglos hambrunas, epidemias como la peste y erupciones volcánicas que arrasaban cultivos, ganado y poblados enteros. La independencia del país, en el año 1944, que coincidió prácticamente con el fin de la Segunda Guerra Mundial, abrió un periodo de prosperidad que cambió el país de manera radical. A partir de la explotación de sus recursos pesqueros, Islandia se convirtió en un país moderno y desarrollado.

Sin embargo, los acontecimientos ocurridos en 2013 llevan a algunos a pensar que, de algún modo, el carácter de los islandeses está vinculado a su pasado. «Quizás tenemos miedo a ser pobres otra vez. Y eso nos lleva a hacer cosas estúpidas», opina el activista Sigursteinn Másson. «La gente quiere vivir como lo hacía antes del colapso [financiero]», comenta Anna Andersen, californiana de nacimiento, de padres islandeses y editora de un magazine en inglés, The Reykjavik Grapevine, muy popular en la ciudad. «Y por otro lado, hay una especie de amnesia colectiva sobre lo que hicieron estos partidos en los años previos a la crisis», prosigue Andersen.

A pesar de que la situación económica se ha reconducido notablemente en los últimos años, el aspecto que hoy tienen las calles de Reykjavik es diferente al que se observaba en los años de la burbuja financiera y el crédito fácil. Donde antes había opulencia y lujo, hoy hay filas de extranjeros haciendo cola ante las oficinas de turismo.

A pesar de que la situación económica se ha reconducido notablemente en los últimos años, el aspecto que hoy tienen las calles de Reykjavik es diferente al que se observaba en los años de la burbuja financiera y el crédito fácil. Donde antes había opulencia y lujo, hoy hay hileras de extranjeros que hacen cola en las oficinas turísticas de la capital, planeando cómo organizar su viaje para visitar una cascada espectacular, un glaciar interminable o un géiser único, algunas de las maravillas naturales que ofrece la isla. El turismo se ha convertido en uno de los motores de la economía (y también en uno de los grandes desafíos del país).

El nuevo gobierno, liderado por el joven político del Partido Progresista Sigmundur Davíð Gunnlaugsson, aprobó hace unas semanas un paquete de ayudas para las familias que siguen teniendo grandes deudas con los bancos. Esta es, a día de hoy, la consecuencia de la crisis que más afecta todavía a las familias islandesas (muchas de ellas vieron como el valor de sus hipotecas se multiplicaba tras la devaluación de la krona). Aunque la efectividad de estas medidas todavía está por ver.

Con todo, y más allá de la promesa electoral sobre las deudas privadas de los hogares, el actual ejecutivo no goza de demasiada popularidad entre los votantes apenas un año después de las elecciones. En su propósito de reducir la deuda pública, los conservadores han aplicado la tijera en ámbitos que hasta ahora parecían intocables en el país, como la televisión pública RÚV o el principal hospital de Reykjavik.

También ha recibido una fuerte oposición su negativa a someter a referéndum el fin de las negociaciones para el acceso de Islandia a la Unión Europea, en contra de lo que ambos partidos habían prometido en campaña. El pasado mes de febrero, el espíritu de la Revolución de las cacerolas volvió a Austurvöllur y miles de islandeses se concentraron para pedir que su voz fuese escuchada. Está por ver si esta isla del Atlántico Norte, a la que tantos miraron con interés en su momento, recorre el camino que le queda hacia ese sistema justo y participativo que muchos se precipitaron en admirar.


Pablo Jiménez Arandia (Ourense, 1988) es periodista, colaborador del periódico DIAGONAL y de la web UNITED EXPLANATIONS. También es uno de los responsables de la puesta en marcha de COMBATE.
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4 comentarios

  1. danifas - June 5, 2014 10:51 am

    Vaya, así que al fin y al cabo tampoco son tan distintos. Los puntos comunes como el turismo son bien tristes, a este paso dejaremos de ser ciudadanos para ser turistas, la Unión Europea del Turismo.

    Interesante el hecho de que canalizar un levantamiento popular por la vía parlamentaria fracasó en Islandia. La gente se deja seducir por el lujo y el confort y 18 años promocionando lujo hace que te olvides de la política y que pienses que el barco navega solo y encima navega bien y para siempre. Luego el barco choca, te enfadas y montas un partido político en el que mucha gente se sube, pero mucha más no. Y los viejos barcos vuelven a retomar el rumbo de la política, recortando por aquí y por allá pero volviendo a desmovilizar.

    En fin, una pena, autogestión

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    • Combate - June 5, 2014 11:19 am

      Hola Dani,

      Sí, mi impresión es que el caso islandés tiene algunos puntos muy interesantes (sobre todo el intento de hacer una nueva constitución y la actividad política que se generó en su momento desde la base), pero los resultados efectivos hasta ahora han sido escasos, o casi nulos. Los islandeses son bastante particulares, pero no se diferencian tanto de otros países occidentales y, por tanto, muy capitalistas. De hecho, en algunas cosas están más cerca más de los estadounidenses que de los europeos.
      Los partidos que están ahora no sé cuanto durarán en el gobierno. No lo incluí en el artículo, pero hace unas semanas se celebraron las elecciones municipales, y en Reykjavik va a gobernar una coalición de izquierdas, lo cual es muy novedoso. Veremos cómo va el asunto.

      Saludos,
      Pablo Jiménez

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  2. Chechu - June 8, 2014 11:07 am

    ¿O sea que el Partido Progresista sólo lo es de nombre?
    Es sorprendente el enganche de la gente con el consumo (mas que con el capitalismo; concepto que deberíamos abandonar sobre todo después del leninismo capitalista de los chinos), el verdadero germen de la desigualdad. Algo muy gordo tiene que pasar para que se desenganchen. Con todo lo que ha caído no es suficiente.

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    • Combate - June 9, 2014 9:50 am

      Sí, Chechu, el Partido Progresista islandés tiene poco de progresista. Como el Popular aquí, vaya. Es el partido más vinculado a los agricultores y granjeros de la isla, entre los que consigue una parte importante de sus votos.
      Sobre lo del consumo, totalmente de acuerdo. No nos vendría mal a todos darnos una vuelta por otros lugares para aprender a vivir de otra manera. Y no estoy pensando en Islandia.

      Saludos,
      Pablo

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