Josep Ramoneda: «La crisis ha visibilizado a las víctimas»

El filósofo Josep Ramoneda reflexiona en COMBATE sobre los orígenes del ideal europeo, los peligros a los que Europa se enfrenta y el futuro incierto que la acecha. Frente a este panorama, dice, los movimientos sociales están llamados a jugar un papel clave. Por F. BENITO, B. PÉREZ y C. SEGLERS.

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Josep Ramoneda: «Europa sigue siendo un tratado intergubernamental donde manda el más fuerte». // KENIA PÉREZ

Josep Ramoneda (Cervera, 1949) recibe al equipo de COMBATE en su estudio de Barcelona una mañana soleada de marzo. Montañas de libros inundan la mesa de su escritorio, un espacio repleto de luz y tinta impresa donde resulta sencillo imaginárselo reflexionando sobre Europa y su futuro, escribiendo acerca de las incertidumbres que atenazan a las democracias actuales. Montañas de libros que, sin embargo, no transmiten desorden alguno y que reflejan la pasión por el saber del filósofo y periodista catalán.

Colaborador habitual de El País, Cadena Ser y profesor de filosofía contemporánea en la UAB durante más de 25 años, Josep Ramoneda es una de las voces más lúcidas de la actualidad. Autor de libros como Apología del presente (1989), Después de la pasión política (1999), Contra la indiferencia (2010) o La izquierda necesaria (2012), fue director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Actualmente preside el Institut de la Recherche et de l’Innovation de Paris y es fundador y director de la revista de humanidades y economía La maleta de PortbouEn su estudio, sentados en círculo, Josep Ramoneda, libreta y bolígrafo en mano, responde a las preguntas con pausado tono de voz.


El conflicto de Ucrania pone de relieve las grietas que siguen separando nuestro continente. ¿Aún tiene vigencia la idea de Europa?

La idea de Europa, en el sentido de unas determinadas formas de articulación política que le permitan desenvolverse como un actor político global y al mismo tiempo defender una serie de particularidades que la han caracterizado, sigue siendo vigente, desde luego. Entre otras cosas porque cada uno de los países europeos por sí solos no pinta nada en el mundo, empezando por la propia Alemania. Todos ellos juntos, en cambio, pueden ser alguien, y podrían serlo mucho más si fueran capaces de hacerse valer de verdad. Europa, no en vano, ha sido la primera economía mundial; son unos cuantos centenares de millones de personas con un nivel cultural probablemente superior a la media de otros países, con una capacidad de creatividad, de innovación y de tantas otras cosas, que podrían convertirla en un primer actor global si fuera capaz de encontrar una formula de articulación política seria y eficaz. La idea de Europa tiene por lo tanto vigencia, sí, pero cuesta construirla.

Con frecuencia parece haber la sensación de que queda un largo camino…

En los años 50, nadie habría pensado que medio siglo más tarde estaríamos en el punto en que estamos de construcción europea. En cierto modo es un milagro que países que se han estado matando durante los últimos 400 años sean capaces de construir algo sólido conjuntamente y que hayan creado una suerte de tabú de la guerra civil sobre el cual se ha construido precisamente la nueva Europa después de la II Guerra Mundial. No se le da mucha importancia, pero el solo hecho de tener en circulación una moneda única es un logro fundamental. Haber llegado hasta aquí en cincuenta años no está mal. Lo que pasa es que es manifiestamente insuficiente. No se ha encontrado una fórmula original, eficiente y democrática de articulación política. Europa sigue siendo un tratado intergubernamental, en el cual manda el más fuerte –que ahora mismo es Alemania–. Pero ir más allá de esto es muy complicado porque no se puede pensar en Europa como en un solo Estado-Nación a la manera estadounidense. Europa no puede ser Estados Unidos. Por lo tanto habrá que inventar otra cosa.

«Es un milagro que países que se han estado matando durante los últimos 400 años sean capaces de conseguir algo sólido conjuntamente y que hayan hecho de la guerra civil un tabú sobre el que se ha construido la nueva Europa»

¿Pero serían posibles unos Estados Unidos de Europa?

No a la manera de un gran Estado-Nación único como son los Estados Unidos. Entre otras cosas porque Europa está gastada, como decía T.S. Eliot: es vieja, tiene mucha historia. Es imposible superar esta historia de golpe y creernos que todos formamos una sola familia. En el terreno cultural esto es evidente: si tú coges los suplementos culturales de los distintos países de Europa, verás que cada uno habla de sí mismo, de su propio país. No podemos hablar en ningún caso de cultura europea a la manera de la cultura específica de cada una de sus naciones. Lo que hay que buscar, pues, es la creación de territorios comunes, inventar formas de articulación más complejas y saber introducir mecanismos realmente democráticos.

El gran proyecto ilustrado europeo colapsó a principios del siglo XX con el advenimiento de dos conflictos de dimensiones internacionales y dos formas de totalitarismo opuestas que compartieron, sin embargo, un fondo común. ¿Qué efecto tuvieron estas circunstancias sobre la creación de una identidad europea?

La Gran Guerra es la que hace posible la vía del ideal de Europa, es la que actúa de polarizador. Y el descenso al infierno que supuso la II Guerra Mundial, y especialmente la Shoah, conformaron un tabú que como fundamento moral colectivo tiene mucha fuerza, y sin el cual no habríamos llegado hasta el punto en que estamos.

Usted retoma el concepto de «hombre superfluo» de Hannah Arendt y lo aplica a la actualidad en relación por ejemplo con la inmigración. La exportación de los rumanos en Francia en 2010, la tragedia de Lampedusa o los recientes acontecimientos en la frontera de Ceuta sitúan este problema en las portadas de los periódicos.

Esto forma parte, de algún modo, del lado antipático y desagradable de Europa. En un momento en que hay la sensación, incluso dentro de sus fronteras –y muchos filósofos periféricos lo apuntan como rasgo característico del siglo XXI–, de que Europa deja de ser el centro del mundo, esta especie de reacción agresiva y violenta contra los parias es una respuesta natural. Por otro lado, ello dice mucho del miedo de sus clases medias. Este es uno de los problemas de Europa. Las clases medias europeas son muy asustadizas en un mundo que exige una cierta dosis de riesgo y que está lleno de incertidumbres. Hubo antes de la crisis un periodo de entusiasmo en el que se creyó la idea de que todo era posible, idea que cuajó en la sociedad y que generó una gran invisibilidad de la pobreza, una especie de utopía de la invisibilidad, escondiendo todas aquellas cosas que no gustaban y que sin embargo existían. La crisis ha hecho aflorar todo eso que no gustaba y nos ha obligado a afrontarlo, algo que por un lado ha sido muy positivo, pero que por el otro ha confirmado y acelerado los miedos de ciertos sectores sociales.

«Creímos en la idea de que todo era posible, lo que generó una gran invisibilidad de la pobreza. La crisis ha hecho aflorar todo eso que no gustaba y nos ha obligado a afrontarlo»

«El mayor peligro para Europa es el cansancio». Esta es una cita de Husserl que usted ha reiterado en distintas ocasiones. ¿Está Europa cansada? ¿Cuáles son los riesgos de este cansancio?

Europa es vieja, tiene demasiada carga histórica. Y una historia no siempre resuelta. Los problemas que no se resuelven, acaban regresando siempre. Además, hay otro factor muy importante: Europa está envejecida demográficamente. En un mundo en gran movimiento, a Europa le cuesta moverse. Podría ser que Europa acabara siendo el museo del mundo, adonde cincuenta millones de chinos viajaran cada año y nos pagaran las pensiones. Una metáfora de uno de los destinos de Europa. Podría ser un destino perfectamente posible.

¿Se podría hablar de nuevas formas de totalitarismo?

Sí, por supuesto. El totalitarismo de la indiferencia es la fórmula más obvia. Se puede conseguir un sistema de control social muy grande y muy rígido, y más con las tecnologías actuales, sin necesidad de volver a los campos de concentración. Perfectamente. La ideología que impera es la de que la política es una cosa de la que se ocupan unas pocas personas, de que los vecinos deben competir entre ellos para ganar más dinero que el otro; en definitiva, la desocialización de la sociedad, que ha sido el gran trabajo de la ideología hegemónica desde los años 78 o 79 hasta hoy. Una ideología que busca crear sociedades con un alto de nivel de libertad de expresión, en las que casi todo se puede decir pero en las que casi todo queda a beneficio de inventario; en las que hay unos que mandan y en las que la población se queja pero se siente cada vez menos motivada por la cuestión colectiva. Este proceso ha ido en progreso en las últimas décadas y estaba ya muy instalado cuando llegó la crisis. Y, en parte, los movimientos sociales están empezando a romper esto. Creo que el tema de la crisis de representación es muy importante. La crisis del sistema político europeo pasa en gran parte por ella. Porque la crisis de representación es de ida y vuelta: los ciudadanos no se sienten representados, tienen la sensación de que no ven reflejadas sus preocupaciones ni sus intereses en el discurso político pero, al mismo tiempo, los que gobiernan han perdido la noción de lo que es la realidad y no son capaces de entender tampoco a los ciudadanos. Y esto es lo que provoca la gran fractura.

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Para el filósofo, la gran fractura se da porque la ciudadanía no se siente representada y los gobernantes están alejados de la realidad. // K. PÉREZ

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Paradójicamente, el neoliberalismo actual se paga con la pérdida del espacio individual. Cada vez estamos más asediados por la mirada del poder.

El eje central del sistema neoliberal es la creencia de que el sujeto es autosuficiente, de que no necesita a nadie más: la destrucción del concepto de lo común. Otra cosa es que con la llegada de las nuevas tecnologías –y por lo tanto, de los sistemas de control social que ofrecen–, la propia idea de intimidad y de espacio privado se esté destruyendo. Y este espacio se destruye en parte, evidentemente, por culpa de esos instrumentos cada vez más potentes de control, pero también por este extraño narcisismo o exhibicionismo de la ciudadanía, por llamarlo de alguna manera, esta necesidad de exponerse impunemente a los ojos de los demás sin que nadie la obligue.

Pero a la vez estas nuevas tecnologías conceden cierto poder al ciudadano…

Exacto. Es cierto que hay unos instrumentos que dan a los poderes públicos una posibilidad de control muy alto, pero al mismo tiempo permiten a la sociedad ejercer un control sobre aquellos muchísimo mayor. No hay que olvidar las dos caras de la moneda: el poder del que gobierna se paga con la pérdida de la sensación de impunidad. Estás ante el ojo del mundo, tu intimidad expuesta pasa a reclamar la atención del mundo, y cualquiera puede pillarte con las manos en la masa. Este es un cambio de una envergadura extraordinaria, que también tiene sus problemas. Uno de ellos puede ser que, en caso de seguirse esta línea, cada vez haya menos gente –y sobre todo menos gente solvente– que quiera dedicarse a la política, simplemente porque está demasiado expuesta. Por lo tanto, son dos caras de la misma moneda. Pero una cosa es esta y otra es que el fondo ideológico siga siendo el individualismo, el ciudadano aislado, la negación de la idea de lo común y lo compartido. La cuestión de esta especie de exhibicionismo ciudadano es pues de una extraordinaria importancia y de una enorme gravedad.

También se sigue la disolución del espacio público y de debate. La discrepancia ha sido según usted uno de los motores morales de Europa.

El espacio de la discrepancia se había ido acotando mucho. Y ahora, es verdad, lo está recuperando la presión del los movimientos sociales. La gente que dice que no sirven para nada se equivoca mucho: por supuesto que sirven. De momento ya han echado por el suelo la utopía de la invisibilidad. El problema evidente es que los movimientos sociales deben llegar a la traducción política. Pero esta es otra fase. De momento, lo importante es que crean opinión, crítica, reacción, rechazo, indignación. Pasar de esto a la construcción política implica un salto que es difícil de resolver.

«El espacio de la discrepancia se había ido acotando mucho. Y ahora lo está recuperando la presión de los movimientos sociales. La gente que dice que no sirven para nada se equivoca mucho: por supuesto que sirven»

Usted dice que Europa es vieja. Steiner, de un modo parecido, apunta que esta mira hacia el pasado, mientras que América, por ejemplo, mira hacia el futuro. Europa, dice, es el lugar de la tradición y de la memoria.

Es cierto que Europa ha hecho de la historia algo articular y ha construido filosofías de la historia que nos han llevado a creer la idea de que existen unas leyes inexorables que acababan conduciéndonos para bien, aunque fuera a veces mediante astucias de la razón que conllevaran momentos de guerra y destrucción. Y hemos creído durante tiempo en esta idea, que ahora es difícil de tomar en serio. Parecen más razonables ideas como las de Kant, según el cual el progreso tecnológico existe pero el progreso moral seguramente no, y el progreso jurídico, que también existe, va mucho más lento que el progreso tecnológico. Es verdad que hay países que tienen una relación más ligera con la historia, como Estados Unidos y, en parte, América Latina. Pero también hay países que no, como por ejemplo China. En estos momentos China está reconstruyendo y está aspirando a recuperar el liderazgo mundial que había tenido a lo largo de la historia hasta hace 400 años. Y todo lo que está pasando en Rusia ocurre sobre la fantasía de la reconstrucción del Imperio Ruso perdido, que tuvo una continuidad de los zares a los comunistas, y que cayó hace apenas 30 años. Quien piense que Vladimir Putin es un simple oportunista, se equivoca. Hay allí una raíz nacionalista, mística, religiosa, que entronca de lleno con la tradición de la Gran Rusia, y que la lleva al rechazo de las reglas del juego del tablero occidental.

Como filósofo, usted ha puesto de relieve la importancia de la palabra en la sociedad humana. ¿Qué papel juega el lenguaje en la emancipación del ciudadano?

Sin discurso no hay política. Y a la inversa. Un partido democrático que toma como eslogan el lema «Hechos, no palabras» está destinado a derrumbarse. Y acaso la vida no tenga sentido, pero lo que es evidente es que el sentido es necesario para la vida, y por lo tanto si quiere convencerse a la gente, motivarla, hay que darle este sentido. Llevamos ya demasiados años viviendo frente a un muro ante el cual se nos pide «sacrificio, sacrificio», aduciendo que no sabemos qué será del futuro.

«Sin discurso, no hay política. Y a la inversa. Un partido que toma como eslogan “Hechos, no palabras” está destinado a derrumbarse»

¿Cuáles son los nuevos retos para el ciudadano europeo del siglo XXI?

Bueno, hay muchas cosas. Yo creo que una de las más básicas sería la recuperación de cierta idea de la responsabilidad compartida. Pero en un debate en torno a un libro que ha publicado mi hijo sobre Europa con Marina Garcés, aparecía también una idea que me parece bastante clara: en este momento la emancipación está en poner límites, a diferencia de en la fantasía de otros momentos históricos. De ello depende la dignidad de las personas. Garantizar esta dignidad es poner límites justamente a todo aquello que la imposibilita. En cambio, la idea de que no hay límites, de que todo es posible, está ahora en las élites, y especialmente en el poder financiero. La utopía, el no-lugar, podríamos decir, está en el poder financiero, es un punto débil de los que mandan. Esta es la gran contradicción del momento actual.

El historiador socialdemócrata Tony Judt era un gran defensor del modelo europeo. Nunca simpatizó con el euroescepticismo, pero en cambio se consideraba a sí mismo un «europesimista». ¿Es usted también un pesimista con relación al futuro de Europa? 

No; pesimista en el sentido fatalista de la expresión, no. Europa tiene en este momento muchas dificultades, pero tiene también muchas potencialidades. Todo depende de cómo se hagan las cosas. El problema es esta especie de fatalidad que se pretende ir imponiendo: «La crisis es así», «No se puede hacer de otra manera»… Esto es lo peor de todo.

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