Huxley no tenía razón

El biólogo Thomas Henry Huxley sostuvo en su obra la justificación social del sometimiento del débil ante el fuerte. El ruso Kropotkin se opuso a esta idea al insistir en que en la naturaleza hay muchos más comportamientos que la competencia. Pero la única característica que parecen cumplir todas las especies es una: la adaptación a su entorno. Por DANI FONT.

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Sátira de Charles Darwin en ‘La Petite Lune’, por André Gill (1878).

Cuando Charles Darwin (1809-1882) elaboró su teoría sobre la selección natural, difícilmente podía imaginar que su modelo para la biología serviría para justificar en lo social la opresión del fuerte sobre el débil. Y eso precisamente era lo que pretendió el biólogo británico Thomas Henry Huxley (1825-1963) en su libro La lucha por la existencia. Huxley (no confundirlo con Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz, 1932) encontró en la idea darwinista de la selección y la lucha por la vida la justificación de una situación social que bajo su perspectiva dejaba de ser injusta y pasaba a ser «natural». De hecho, en el imaginario colectivo se ha impuesto la visión huxleyana del darwinismo centrada en la competencia entre las especies y en la que los débiles mueren y los fuertes, los listos y los espabilados ganan. Casi, casi, una especie de guerra de todos contra todos, tal y como pretendía Hobbes cuando describía cómo vivía la humanidad antes del advenimiento del Estado.

Por supuesto, esto no es así. En la naturaleza hay muchos más comportamientos además de la competencia. Muchas individuos cooperan entre ellos e incluso se establecen relaciones simbióticas entre especies distintas mediante las cuales, ambas salen beneficiadas de esta colaboración mutua. Esto es lo que se apresuró a demostrar el naturalista y pensador ruso Piotr Kropotkin (1842-1921) en su maravilloso libro (un poco denso como era costumbre en el siglo XIX) Apoyo mutuo. La suma de todos esos comportamientos conforman lo que Darwin quería decir cuando usó la expresión «la lucha por la vida», pese a que Huxley interpretó la lucha como el único de estos elementos. Pero tampoco la biología es el mundo de cooperación, altruismo y solidaridad que pretende Kropotkin. La biología no debe ser juzgada bajo valores humanos porque, de ser así, no entenderemos nada. Nos parecerá justo lo que creemos e injusto todo lo demás.

La importancia de la variabilidad

La única observación que parecen cumplir las especies pasadas y presentes, que son el objeto de estudio de la biología, es la de adaptarse al entorno que ocupan. Y esta adaptación se da bajo cambios biológicos para todas ellas, si bien la humanidad ha desarrollado una cultura para mejorar sus dotaciones biológicas. La selección es la que se ocupa de que esta adaptación biológica sea lo más adecuada posible, favoreciendo a aquellos individuos dentro de cada especie que mejor se adaptan a un entorno que, aun siendo estable, es dinámico y, por tanto, cambiante. Esto quiere decir que, en un determinado ambiente, puede ser más adecuado ser bajo o tal vez muy alto o tal vez una cosa entre medias. Y aquí es donde está el elemento clave de esta disertación. Lo importante es que haya bajos, medianos y altos, es decir, que haya variabilidad. De hecho, lo ideal es que haya bajísimos, bajitos, bajos, muy bajos, medianos, casi altos, altillos, altos y súper altos. Cuantas más opciones, mejor, porque más respuestas tendrá una especie si quiere sobrevivir a un cambio de condiciones en el ambiente. Sobre esta variabilidad de cada especie es sobre la que puede actuar la selección natural. Si en una especie solo hay altos y el entorno se modifica para favorecer a los bajos, a esa especie se le plantea un futuro muy malo. Reduciendo mucho esta idea: la heterogeneidad amplía y la homogeneidad limita las posibilidades de cada especie.

Esta, a mi entender, es una de las lecciones que sí podemos aprender de la naturaleza. Nos educan para que seamos de una determinada manera, reduciendo la variabilidad de conductas, homogeneizándonos. La evolución nos ha llevado a tener, por recorridos muy diversos donde jamás busquemos atisbo de voluntariedad, un cerebro complejo que debería permitir a las personas ser muy heterogéneas entre sí. Sin embargo, los corsés sociales nos limitan y hacen que nos parezcamos mucho unas a otras.

Todos mutamos ‘sinónimamente’

Un ejemplo de esto me ocurrió mientras paseaba hace unos días por una calle céntrica de Barcelona. Al fijarme en las bolsas con marcas de empresas que llevaba la gente, me acordé de una cosa que tiene que ver con la variabilidad de la que acabo de hablar. En genética se dice que para los genes hay mutaciones sinónimas y no sinónimas. Las primeras no suponen un cambio en el producto de esos genes, que son las proteínas. Las no sinónimas, en cambio, sí producen un cambio en este producto y son menos frecuentes. Es decir, la biología, tiene el mecanismo (que no es el único) de la mutación, el cual responde al azar y le permite ampliar la variabilidad de cada especie. Pues bien, nuestras calles están llenas de mutaciones sinónimas. Uno diría que son las únicas que se permiten y que dan color y contraste a la ciudad. Incluso ilustrarían muy bien aquello de «cambiarlo todo para que nada cambie» de la novela El gatopardo (Giuseppe Tomasi di Lampedusa, 1958). Al mismo tiempo, las no sinónimas, las que introducen variabilidad real, se reprimen, se prohíben, se silencian y se castigan.

Con esto que acabo de decir, soy consciente de que entro en un territorio delicado porque estoy haciendo lo que al principio del texto denunciaba que había hecho Huxley: usar la biología para apoyar una forma de ver el orden social o como yo desearía que este fuera. Ser mecanicista y trasladar el funcionamiento biológico al social es inadecuado. Aún así, pensemos: ¿qué nos suena más a dictadura: la homogeneidad o la heterogeneidad?


Dani Font (Barcelona, 1983) es naturalista y colaborador habitual de medios de comunicación como DIAGONAL, LA DIRECTA y PERIÓDICO CNT.
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