Genes, política y negocio en un grano de maíz

Producimos comida de sobra pero son millones los que no tienen qué comer. La introducción de la ingeniería genética en los alimentos generó grandes expectativas, pero más de veinte años después, con los transgénicos ya en el plato, el hambre aún existe. Mientras, algunos hacen negocio con el precio de lo que comemos. Por PABLO JIMÉNEZ y BEATRIZ PÉREZ.

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Granja El Mas Pujol, en Vic, Barcelona. // PABLO JIMÉNEZ

Granja El Mas Pujol, en Vic, Barcelona. // PABLO JIMÉNEZ

Una de las paradojas más terribles del mundo actual es la coexistencia de unos 2.100 millones de personas que padecen obesidad mórbida (de los cuales el 13% se encuentra en los Estados Unidos) frente a unos 842 millones de semejantes subalimentados o, dicho de otro modo, con hambre crónica. Son cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, en sus siglas en inglés) y reflejan los enormes contrastes a los que la población mundial está sometida. Un 70% de esos 842 millones de personas subalimentadas se encuentra en países empobrecidos (especialmente en África Subsahariana, Asia y América del Sur). El otro 30% está en los países del norte, incluyendo los antiguos países del bloque soviético.

En la Cumbre Mundial sobre la Alimentación celebrada en Roma en 1996, que reunió a representantes de 185 países y de la Unión Europea y a unos 10.000 participantes, se generó un foro de debate para la erradicación del hambre mundial y los principales dirigentes mundiales se marcaron como propósito la disminución a la mitad del número de personas malnutridas (aquellas que no reciben cada día más de 2.200 kilocalorías) para 2015. A un año de esta fecha, ya está claro que los objetivos no llegarán a cumplirse, a pesar de que la producción mundial de alimentos es suficiente para dar de comer a todo el planeta. ¿Qué falla en nuestro modelo?

Avances científicos en nuestra mesa

En los años 80 del siglo pasado se empezó a hablar de una moderna tecnología que, según diversas voces, tenía un enorme potencial. Modificar el genoma de una planta podía convertir a esta en un cultivo más resistente a las plagas y enfermedades y, por tanto, con menos pérdidas y una menor dependencia de herbicidas y pesticidas. Una fantástica noticia para los campesinos, pero también para el medio ambiente y la población en general, que vería cómo los precios de los alimentos bajaban al mismo tiempo que lo hacía el coste de su producción. Parecía que todos, incluidos los más pobres, verían cómo los beneficios de la ciencia llegaban a su plato.

Los organismos modificados genéticamente (OMG) han entrado a la cadena de producción de alimentos que llegan hasta nuestra mesa, pero lo han hecho con un enorme ruido, polémica y un debate enquistado entre los que apoyan su uso en aquellas materias primas que se acaban convirtiendo en nuestra comida y los que no.

Han pasado más de veinte años y, con o sin transgénicos, los problemas de hambre en el mundo persisten. Los organismos modificados genéticamente (OMG) han entrado a la cadena de producción de alimentos que llegan hasta nuestra mesa, pero lo han hecho con un enorme ruido, polémica y un debate enquistado entre los que apoyan su uso en aquellas materias primas que se acaban convirtiendo en nuestra comida y los que no. Además, el cultivo de estas plantas está muy diversificado a lo largo del planeta, son varias las especies en las que se utiliza esta tecnología (las principales son el trigo, el maíz, el algodón y la colza) y su implantación varía enormemente de un lugar a otro del globo.

América es el principal productor de estos cultivos y en su territorio están los tres países que ocupan el podio mundial de transgénicos: Estados Unidos (con alrededor de 69 millones de hectáreas cultivadas), Brasil (por encima de los 30 millones) y Argentina (que supera los 20) son los principales exportadores de OMG. Estados como India, China o Sudáfrica, mercados punteros y en crecimiento, han aumentado progresivamente el uso de esta tecnología en sus campos. Por el contrario, en Europa el panorama es completamente diferente.

Sembrado de soja en Argentina // WIKIPEDIA

Sembrado de soja en Argentina // WIKIPEDIA

La introducción de estos cultivos en nuestro continente se ha encontrado con la oposición de organizaciones ecologistas, políticos y ciudadanos. Las variedades transgénicas permitidas en el territorio europeo son escasas y algunos países como Francia o gran parte de Italia han prohibido su uso. En este contexto, España es el país de la región con un mayor número de hectáreas cultivadas con OMG, especialmente las comunidades de Aragón y Cataluña, donde estas semillas modificadas se usan para hacer frente a la plaga del taladro, un insecto capaz de arrasar plantaciones enteras de maíz.

Sin embargo, esta relativa excepcionalidad europea no debe llevarnos a engaño. Los transgénicos están presentes, de un modo u otro, en nuestra cesta de la compra. Por ejemplo, la enorme cabaña ganadera europea es alimentada diariamente con los millones de toneladas de soja (gran parte de la soja del mercado mundial es transgénica) y maíz modificado genéticamente que la Unión Europea importa desde el otro lado del Atlántico. A pesar de que se sirven desde hace tiempo en nuestros variados menús propios del mundo rico, en torno a los transgénicos siguen sobrevolando sospechas y dudas: las más comunes, aquellas que ponen en entredicho la inexistencia de riesgo alguno para la salud humana en su consumo y, en otro ámbito, las que alertan sobre las consecuencias negativas que estas plantas pueden tener sobre los ecosistemas donde se cultivan.

Los transgénicos, aquí y allá

Pere Puigdomènech es un científico de prestigio reconocido. Físico especializado en biología molecular de plantas y profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Puigdomènech fue uno de los primeros españoles en especializarse en los cultivos transgénicos. Desde hace años, defiende que los OMG son completamente seguros (según sus propias palabras, «han pasado los mayores tests de seguridad») y que, haciendo un buen uso de la tecnología asociada, pueden repercutir positivamente en todos los actores que participan de la cadena de producción de alimentos, desde el campesino al consumidor. Debido a un motivo fundamental: la productividad.

La capacidad de producir más con menos, según Pere Puigdomènech, beneficia a los consumidores porque, supuestamente, mantiene estables los precios de los alimentos, pero sobre todo a los agricultores, que disminuyen el riesgo ante posibles plagas y aumentan su margen de beneficio en un mercado tan globalizado como el de las materias primas.

«Toda agricultura es agresiva con el medio ambiente. El más importante cambio ecológico es pasar del estado silvestre al cultivado. Por tanto, si utilizas más terreno, el impacto será mayor», sostiene Puigdomènech. La capacidad de producir más con menos, según el científico catalán, beneficia a los consumidores porque, supuestamente, mantiene estables los precios de los alimentos, pero sobre todo a los agricultores, que disminuyen el riesgo ante posibles plagas y aumentan su margen de beneficio en un mercado tan globalizado como el de las materias primas (en España cerca de la mitad del maíz que consumimos viene de fuera, la otra mitad la cultivamos aquí).

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El físico e investigador Pere Puigdomènech en el Centro de Investigación en Agrigenómica (CRAG). // P. JIMÉNEZ

Como casi cualquier argumento en el debate sobre los transgénicos, para encontrar su réplica no hay que irse muy lejos. A escasos 200 metros del Centro de Investigación en Agrigenómica (CRAG), el lugar donde trabaja Puigdomènech y centro que dirigió hasta febrero de 2013, se encuentra el Instituto de Ciencias y Tecnologías Ambientales (ICTA), en el mismo campus de Bellatera de la Universitat Autónoma de Barcelona. Aquí trabajan las investigadoras Laura Calvet, especializada en conservación de la biodiversidad, y Marina di Masso, socióloga que estudia el sistema de alimentación mundial. Tanto Calvet como di Masso ponen en duda el razonamiento de Puigdomènech: «Si hablas con pageses te dirán que la productividad hace 50 años era mayor. No es que esta incremente, sino que igual hay menos pérdidas. Se pierde menos cultivo, pero la semilla no es más productiva», afirman.

Pero el discurso crítico que estas dos investigadoras sostienen sobre los transgénicos se basa, fundamentalmente, en la inexorable vinculación de esta tecnología con el modelo industrial de agricultura actual. También en lo referente a la seguridad de los alimentos: «[Este modelo agrícola] tiene muchos riesgos para la salud, independientemente de que metas a los transgénicos en el saco. Hay más inseguridad cuanto mayor es la industrialización», comenta di Masso cuando se menciona que los últimos escándalos alimentarios, como el de E.Coli en 2011, que causó la muerte de 32 personas en Alemania, han tenido su origen en cultivos tradicionales, no en transgénicos.

La discusión, el enfrentamiento y el fango que se observa en el debate sobre la seguridad de los OMG en alimentos se puede ilustrar con muchos ejemplos. El caso más célebre en los últimos años se inició con la publicación de un artículo en la revista Food and Chemichal Toxicology, en el que el científico francés Gilles-Éric Séralini alertaba sobre los supuestos peligros que suponía el consumo del máiz transgénico nk360, a través de un experimento realizado con ratas de laboratorio que desarrollaron numerosos tumores. Las conclusiones del estudio de Séralini (cuya postura contra los transgénicos es conocida) fueron rechazadas pocos meses después por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, al hallar numerosos defectos de forma en la realización del experimento.

Las preocupaciones y denuncias que se vierten sobre los OMG aumentan cuando cambiamos de contexto y salimos de Europa. Como se dijo al comienzo, el principal beneficio que se anunciaba con la llegada de esta tecnología veinte años atrás era el efecto que esta podía tener sobre las regiones con problemas en el acceso a los alimentos. A pesar de que algunas voces siguen defendiendo esta hipótesis (y achacan la no mejora de esta situación a la falta de voluntad política -y económica- de las élites mundiales), este es un argumento que ha ido perdiendo peso. «Para evaluar si [los transgénicos] son una solución, primero hay que formular cuál es el problema», aseguran Calvet y di Masso cuando se preguntan en voz alta sobre el objetivo que se persigue con estos cultivos. «Hay un consenso casi total de que el hambre no es una cuestión de productividad, es una cuestión política de redistribución de la riqueza», opinan.

La discusión, el enfrentamiento y el fango que se observa en el debate sobre la seguridad de los OMG en alimentos se puede ilustrar con muchos ejemplos. El caso más célebre en los últimos años se inició con la publicación de un artículo, posteriormente retirado, en el que el científico Gilles-Éric Séralini alertaba sobre los supuestos peligros que suponía el consumo del maíz transgénico nk360.

El mercado de las semillas transgénicas es prácticamente un monopolio de un grupo muy reducido de empresas, entre las que sobresale un nombre: Monsanto. La multinacional estadounidense lleva años comercializando su producto estrella, el glifosato (Roundup es su nombre comercial), un potente herbicida que, entre otros usos, se utiliza en las fumigaciones masivas sobre las plantaciones de soja o maíz transgénico en el continente americano. Este agrotóxico acaba con todas las malas hierbas que aparecen en los cultivos. Pero no solo eso: también fulmina, según denuncian diversas organizaciones ecologistas y de campesinos en países como Argentina, la vida de otras especies, vegetales o animales, presentes en los alrededores. Las acusaciones también se extienden a malformaciones o enfermedades recurrentes entre las poblaciones en el entorno de estos campos.

A estos problemas se añade la denuncia, apoyada por un gran número de expertos y de estudios de campo, de que algunos insectos y plagas presentes en estos monocultivos están desarrollando resistencias a los herbicidas utilizados. «¿Se están utilizando mal? Quizás sí, en algunos sitios», reconoce Puigdomènech cuando se le mencionan estas críticas, al mismo tiempo que afirma que en otros contextos como Europa sí se utilizan de un modo razonable. En su opinión, hay que analizar en cada caso, situación y contexto si el uso de esta aplicación biotecnológica es útil o no, pero se opone a la posición de aquellos que rechazan frontalmente su uso en la cadena de producción de alimentos.

Las voces críticas hacia los transgénicos, por lo general, van más allá de los posibles problemas de salud que estos puedan o no causar y de sus efectos sobre el medio ambiente. «[Los OGM en alimentos] inciden en la mayor corporativización y en el mayor control de lo que comemos y de lo que cultivamos en cada vez menos manos», afirma Marina di Masso al enumerar algunas de las nocivas consecuencias que, según su criterio, provoca las maneras de hacer de la agricultura industrial actual (desplazamientos de comunidades cercanas a los monocultivos, especulación con las tierras, inestabilidad de los precios, etc).

Una granja «de la prehistoria»

Pep Alsina lleva trabajando en la granja de su familia desde que era un adolescente. El Mas El Pujol es una finca situada a la salida de Calldetenes, una pequeña población vecina a Vic (Barcelona), la capital de la comarca de Osona. En este lugar se encuentra la única máquina expendedora de leche cruda no pasteurizada (sí existen otras de leche ya tratada) en España. «Una ayuda, un complemento económico», según cuenta el propio Alsina, a la venta a través de intermediarios de las materias primas (carne y leche) de las que viven él, su mujer Mercè Solà y familia. Ambos productos tienen un mismo origen: las vacas lecheras y sus terneros.

Pep Alsina fue durante ocho años el representante de los ganaderos en la Unió de Pagesos, el principal sindicato agrario de Cataluña. A lo largo de las últimas cinco décadas este ganadero ha visto la transformación del campo y de cómo sobrevivir (o hacer negocio) en torno a la agricultura. «Cuando era un chaval, comíamos de lo que producíamos y lo que sobraba lo intercambiábamos por otras cosas», comenta. «Què maco… dirían algunos. ¡Sí, pero qué duro!», exclama a continuación, entre risas.

El 'pagès' Pep Alsina y su mujer Mercè Solà en su granja El Mas Pujol. // P. JIMÉNEZ

El ‘pagès’ Pep Alsina y su mujer Mercè Solá en su granja El Mas Pujol, en Vic. // P. JIMÉNEZ

Hoy en El Pujol se combina la venta directa (también ofrecen a los consumidores lotes de carne con las diferentes partes que obtienen de sus animales) con la comercialización, a través de empresas de las industrias cárnica y lechera, de sus productos. «Lo que hacemos aquí es de la prehistoria», bromea Alsina. Cada vez existen menos granjas como esta, en la que el ganado pertenece a los propietarios de la explotación. En muchas otras granjas de la comarca son las empresas cárnicas las que tienen en propiedad los animales, que son cuidados por productores locales y pageses de toda la vida. La industrialización del campo, como ha ocurrido en muchos otros sectores, no debería sorprender a nadie, pero dentro de este proceso está ocurriendo algo que no hace mucho podía parecer impensable.

En El Pujol se combina la venta directa  con la comercialización, a través de empresas de las industrias cárnica y lechera, de sus productos. Cada vez existen menos granjas como esta, en la que el ganado pertenece a los propietarios de la explotación. En muchas otras granjas de la comarca son las empresas cárnicas las que tienen en propiedad los animales, que son cuidados por productores locales y pageses de toda la vida.

Sentado en el antiguo establo de El Pujol, hoy reconvertido en sala de fiestas, reuniones y juegos, Pep Alsina cuenta, con su tono de voz grave y su fuerte acento osonense, cómo alimentan hoy a sus animales. Por un lado, del forraje (o pasto) obtenido de lo que cultivan en las tierras que rodean a la casa y, por el otro, del pienso concentrado, alto en proteínas, que compran a una cooperativa de Lleida. Este último, compuesto por diversos productos (entre ellos, la soja transgénica importada de América) a merced de las oscilaciones del mercado internacional. «Es un drama, porque a nosotros nos puede afectar al precio, pero hay países en los que supone poder comer o no», comenta Alsina. «Cuando hay una cosecha buena en Europa, [el precio] baja. Cuando es mala, sube. Eso ha pasado siempre, pero además juega la especulación. Uno que empieza a comprar, otro que acapara… Compran a un año vista», analiza este ganadero.

as que veas con un cultivo de hojas verdes, son de dentro de la granja, menciona en el pie que se trata de cultivos de maíz en El Pujol.

Cultivos de maíz de la granja Mas El Pujol, en Vic. // P. JIMÉNEZ

Nuestra comida vale su peso en la Bolsa

Según datos de la FAO, desde el inicio del milenio los precios de algunos alimentos básicos como el trigo o el maíz se han doblado o incluso triplicado. A pesar de la enorme cantidad de comida que producimos, las crisis alimentarias provocadas por la inestabilidad en el precio de las materias primas se han sucedido en la última década (una de las últimas y más graves ocurrió entre 2007 y 2008).

Según diversos expertos, las causas que explican estos episodios son múltiples: las subidas de los precios del petróleo, el incremento de la demanda de grano (causada por el impacto de los biocombustibles –una cantidad enorme de los cereales que se cultivan son destinados a esta tecnología- y la creciente demanda de carne de los países emergentes, como China) y la pérdida de grandes cosechas a nivel mundial. A estos tres factores, algunos autores críticos con el sistema agroindustrial moderno, añaden un cuarto: la especulación en las bolsas de valores de Chicago o Nueva York con el precio de productos destinados a la alimentación.

Gustavo Duch Guillot es veterinario, escritor y antiguo director de Veterinarios Sin Fronteras. Su último libro, publicado este mismo año se titula No vamos a tragar. Soberanía alimentaria: una alternativa frente a la agroindustria (Los Libros del Lince). En una reciente entrevista en el programa Carne Cruda 2.0 de la Cadena Ser, este experto explicaba cómo los fondos de inversión internacionales dedican hoy parte de su dinero (el que antes invertían en el sector inmobiliario) a especular con el valor de los alimentos y a acaparar tierras en diferentes regiones del mundo. «Goldman Sachs está dedicando una tercera parte de sus fondos a comprar, a acaparar tierra fértil, grandes latifundios. Igual que se puede especular con el oro. El valor tierra fértil es un valor de mucha proyección», aseguraba en antena Duch Guillot.

Según diversos expertos, las causas que explican las crisis alimentarias de los últimos años son múltiples: las subidas de los precios del petróleo, el incremento de la demanda de grano y la pérdida de grandes cosechas a nivel mundial. A estos tres factores, algunos autores críticos con el sistema agroindustrial moderno, añaden un cuarto: la especulación en las bolsas de valores de Chicago o Nueva York con el precio de productos destinados a la alimentación.

El maíz, la soja, los cereales… materias primas que se convierten en fichas del casino financiero o, literalmente, en productos a los que fiar tus ahorros. En mayo de 2011, Catalunya Caixa (entidad nacionalizada y recientemente vendida al BBVA con un coste aproximado para el contribuyente de 12.600 millones de euros) ofrecía a sus clientes una inversión en un depósito «100% natural» (nombre literal del programa) ligado a la evolución del precio de tres productos: el azúcar, el maíz y el café. «Aprovecha la tendencia alcista de las materias primas y tendrás la posibilidad de obtener una atractiva rentabilidad», anunciaba entonces la propaganda de la entidad.

Duch Guillot, durante la entrevista en la Cadena Ser, utilizaba una anécdota para ilustrar lo que supone, según sus tesis, el modelo agro-industrial en el que estamos instalados: «Que agricultores que producen trigo en Colombia no tengan dinero para comprar pan es una paradoja demasiado grande», comentaba a sus interlocutores. «El problema es el sistema. (…) Al final lo que tenemos es un sistema donde los alimentos están atraídos por el capital, como fuerza centrípeta», analizaba el escritor durante su intervención.

En el título del libro por el que estaba siendo entrevistado, Duch Guillot menciona uno de los términos que aparecen como alternativas al modelo agro-industrial dominante. Activistas, científicos u organizaciones llevan ya varios años apostando por la Soberanía Alimentaria, dos palabras que, según el autor catalán, suponen «un paradigma nuevo para recuperar formas de hacer ancestrales y antiguas que durante siglos nos han demostrado que funcionaban. Un paradigma que quiere recuperar que la agricultura local esté pensada, en primera instancia, para alimentar a la población local y así ser sustento para los propios agricultores. Relocalizar el sistema agrícola a una escala humana. (…) Es una propuesta revolucionaria, una propuesta de volver a la raíz».

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