La revolución en Burkina Faso

La inesperada revolución que el pasado octubre destronó, después de 27 años en el poder, a Blaise Compaoré, presidente de Burkina Faso, tiene su origen en las abusivas y desiguales estructuras de poder propias del África postcolonial. El cuestionamiento de estas estructuras resulta clave para el porvenir de África. Por ÁLVARO OLIVER.

Share on FacebookTweet about this on Twitter
burkina-faso

Manifestación masiva en Burkina Faso. La bandera del país, en el centro de la imagen, fue diseñada en 1984 por el entonces presidente Thomas Sankara.

«Toutes les formes d’exploitation sont identiques, car elles s’appliquent toutes à un même “objet”: l’homme.»

Frantz Fanon, Peau noire, masques blanques

El derrocamiento de Blaise Compaoré  después de 27 años en el poder, al que accedió mediante una traición y un golpe de estado, tras unas intensas protestas civiles que culminaron el pasado 31 de octubre con su renuncia, ha sido recibido como un gran evento en los medios y en la comunidad internacional. En un continente donde los líderes estatales se aferran al poder desesperadamente hasta su muerte o su derrota por medios violentos, la révolution burkinabé supone un extraño caso de éxito, de cómo un movimiento ciudadano puede generar un cambio de régimen.

Para dibujar un esbozo del destronado Président es necesario echar la vista atrás para observar cómo alcanzó el poder y de qué modo el tipo de gobierno que impuso en Burkina Faso es un calco de otros estados africanos dirigidos por déspotas.

A principios de 1983 el Capitán Thomas Sankara (jovencísimo héroe nacional) era designado por el entonces presidente de Alto Volta como primer ministro; pocos meses después y debido a sus discursos públicos y acciones políticas (demasiado a la izquierda para aquel gobierno) fue destituido y arrestado. El clamor popular y el movimiento de las tropas fieles a Sankara –lideradas por su mano derecha, el Capitán Blaise Compaoré– llevaron a la caída del gobierno, aupando a Sankara a dirigir el país. Así comenzó una de las revoluciones más apasionantes en África Occidental, revolución que, empleando un discurso socialista, trazó grandes reformas y alcanzó mejoras importantes, como llevar a cabo masivas campañas de inmunización, redistribución de la tierra, proyectos agrarios e industriales a escala nacional, desarrollo de infraestructuras y un largo etcétera. Sin embargo, su mayor logro fue el mensaje de libertad y modernidad, de rebeldía y confianza que consiguió transmitir primero a su pueblo pero también al resto del continente; todo debido fundamentalmente al carisma y liderazgo de Thomas Sankara. Para muchos jóvenes en África, Sankara, no sólo representaba el rechazo de la herencia colonial sino que suponía un soplo de aire fresco; llevó esperanza y orgullo a un pueblo especialmente necesitado de todo ello. Aún hoy en día permanece como un poderoso símbolo de justicia y lucha contra la opresión en África.[1]

Lamentablemente una traición perpetrada por su mano derecha, Blaise Compaoré, y planeada y apoyada por los gobiernos francés, en mayor medida, y estadounidense fue lo que terminó con la Revolución Sankariana. El 15 de octubre de 1987 Thomas Sankara era asesinado en una emboscada. Tras el coup d’état Compaoré adoptó como modelo de gobierno un perfil muy recurrente a lo largo del continente: un sistema de partido único, personalista, autoritario y represivo que se enmascara tras una apariencia democrática y unas estrechas relaciones con las potencias neocoloniales.

Una vez la independencia política fue alcanzada, los jóvenes estados africanos se centraron (al menos sus dirigentes) en movilizar sus recursos, tanto humanos como de materias primas, con el objetivo de alcanzar rápidamente progreso y prosperidad en términos casi bíblicos, como los empleados en la famosa cita de Kwame Nkrumah «Seek ye first the political kingdom, and all the rest shall be added unto you». Esta visión fue ampliamente compartida tanto por la nueva élite dirigente africana como por los colonizadores salientes. África heredó de la época colonial sociedades y economías fragmentadas –monocultivos, carencia de industria e infraestructuras, tribalismo– y al mismo tiempo el sistema económico mundial comenzó a golpearla duramente con sus exigencias. Para tener alguna oportunidad en esta lucha y tratar de superar los obstáculos hacia un desarrollo socioeconómico, los gobiernos necesitaron estrategias y programas para unir sus sociedades (nacionalismo) y generar mecanismos de cooperación a varios niveles: local, regional, continental, etc.

Llegados a este punto decidieron que un sistema multipartidista, ya fuese al estilo presidencial francés o el parlamentarismo británico, como los que fueron implantados en el proceso de descolonización, resultaban inapropiados para la realidad africana y sus propuestas e intereses. La nueva élite dirigente africana desmontó las constituciones liberales y repudió el sistema multipartidista declarándolo ajeno al continente, y en algunos casos permitiendo la existencia puramente nominal de una oposición para así poder exhibir una apariencia de pluralidad.

La noción de partido único fue de algún modo presentada como compatible con la misión esencial del Estado postcolonial. Para ello era necesaria la construcción de una justificación ideológica en la cual el carácter multi-étnico y multi-religioso de la política africana, en combinación con el prioritario desarrollo económico, fuesen señalados como incompatibles con la pluralidad política al estilo occidental y la variedad de un sistema multipartidista. En otras palabras, los beneficios derivados de la negación de la pluralidad democrática superaban las ventajas que podrían haber alcanzado tolerando la esencia de la diversidad étnica y religiosa.

Pronto el partido único se convirtió en marca registrada de la escena política postcolonial africana, en teoría cargada con la misión histórica de soldar la tan comentada disparidad étnica y religiosa bajo la omnipresencia de una única identidad nacional. Lejos de promover una cohesión interna, el sistema monopartidista se convirtió sin embargo en un mecanismo para monopolizar el poder político mediante una élite al mando, con efectos nefastos para la cimentación y la construcción de un estado funcional. El sistema implantado suprime cualquier tipo de visión que difiera de la hegemónica, no permite oposición política, ni prensa crítica o cualquier tipo de expresión que no vaya en consonancia con la élite dirigente. Este último apunte ha derivado innumerables veces en enfrentamientos violentos y guerras civiles, puesto que al no haber espacio para diferentes perspectivas y/o para el diálogo entre diferentes posiciones, la única válvula de escape de la presión es la confrontación directa y armada. La cooperación entre países africanos ha sido no solo escasa y problemática, sino que en un gran número de ocasiones países vecinos han jugado papeles clave en la desestabilización de sus contrapartes.

En paralelo a la creación del partido único como elemento fundamental y permanente, la idea de una figura central que aglutinase todo el simbolismo del movimiento ha sido un hecho recurrente a lo largo y ancho del continente. Estas personalidades pasaron a conocerse en el análisis político como strong men  big men, es decir, hombres fuertes. Siempre acompañados de la misma justificación: estabilidad política y unidad nacional. Por supuesto, las siempre recurrentes elecciones manipuladas para obtener legitimidad, especialmente de cara al exterior, están a la orden del día en todo buen estado postcolonial que se precie. Solo basta con echar una ojeada a la lista de presidentes actuales de ciertos países y ver cuántos años llevan en el cargo (y sus cuentas bancarias):

José Eduardo Dos Santos – Angola – 34 años

Teodoro Obiang – Guinea Ecuatorial – 34 años

Paul Biya – Camerún – 31 años

General Idriss Deby Itno – Chad – 24 años

Robert Mugabe – Zimbawe – 26 años

Yoweri Museveni – Uganda – 27 años

Incapaces de mantener las promesas de desarrollo económico y equidad social, estos mandatos terminan en una situación de crisis de legitimidad. Las condiciones de represión política y estancamiento económico convierten al ejército (los mandos militares) en actor principal. Provisto de medios y estructuras acaba asaltando la escena política, el cetro de poder. Golpes de Estado y contra-golpes se repiten a lo largo del continente. Antes de lo que se conoce como “segunda ola de la liberación africana” a principios de los 90, hubieron más de 70 golpes de Estado exitosos en África. El resultado final, tanto en donde hubo éxito con los derrocamientos como en donde no, ha sido una militarización de la sociedad civil, un incremento de la fuerza de los medios de represión del estado y el nacimiento de una disparatada obsesión por la seguridad, el orden y el control, generándose así un estado policial a través del cual la élite dirigente pueda manejar la frustración y la rabia de los ciudadanos, mientras las poblaciones tienen que sufrir a los mismos líderes que generan a gran escala pobreza, desempleo, represión, violencia étnica y de estado, desplazamientos y refugiados.

El ex-presidente de Burkina Faso Blaise Compaoré en un encuentro con Barack Obama.

El ex-presidente de Burkina Faso Blaise Compaoré en un encuentro con Barack Obama.

Dadas estas condiciones y conociendo los modos de actuar de este tipo de gobierno, no puede dejar de sorprender el resultado de las protestas en Burkina Faso. La gota que colmó el vaso fue el intento por parte de Compaoré de modificar el artículo 37 de la Constitución, que limita a dos términos de 5 años el cargo presidencial, para poder presentarse a las elecciones en 2015 y continuar otra legislatura más en el poder. Lo cierto es que las protestas en las calles de Ouagadougou y Bobo-Dioulasso no son nada nuevo: desde el año 2000 se ha observado un aumento de las protestas sociales. La razón fundamental es la enorme diferencia entre el crecimiento económico del país, debido principalmente al desarrollo de las minas de oro y de la industria algodonera, y los escasos o nulos avances en materias sociales y de condiciones de vida de la mayoría de la población, así como la casi inexistente libertad de expresión[2]. Las protestas sociales se han estructurado a través de problemas como el masivo desempleo juvenil, la desigualdad social, la distribución de la riqueza generada por las minas y los conflictos que esta industria ha supuesto, o el incremento del coste de la vida. Este ambiente enrarecido estalló en unas fuertes protestas en 2011: durante 3 meses varios sectores se declararon en huelga y varios incidentes graves tuvieron lugar en diversos puntos del país con proclamas contra el gobierno, acusado de corrupción y mala gestión, y señalando la élite que controla las riquezas del país y maneja el poder según sus propios intereses. Sin embargo el gobierno de Compaoré se mantuvo firme hasta ahora, y su rápida salida del poder el pasado mes fue una sorpresa inesperada.

Pese a ello es posible encontrar algunos factores que iban señalando ciertas fracturas en el autoritario gobierno del CDP (Congrès pour la Démocratie et le Progrès, partido encabezado por Compaoré), siendo quizá la más notoria la deserción de varios altos cargos del partido a comienzos de 2014 para formar su propio partido MPP (Mouvement du People pour le Progrès). La nula capacidad o voluntad de Compaoré de alcanzar acuerdos políticos con otras posiciones u opiniones acabó por generar este brusco movimiento que minó considerablemente su fuerza política y su imagen como líder. También el apoyó exterior del que siempre ha gozado (Francia especialmente) comenzó a disminuir alarmantemente, llegando al punto de no apoyar a Compaoré para un nuevo gobierno, especialmente si observamos algunos de los últimos movimientos del gobierno francés en la denominada françafrique, concretamente en países vecinos como Senegal o Costa de Marfil. El punto que más han señalado los analistas ha sido el repentino cambio que se ha producido en el Ejército, que ha pasado rápidamente de apoyar a pedir la salida del Président. Lo que significa que Compaoré no solo no tenía ya el control sobre las Fuerzas Armadas, sino que carecía incluso de apoyo por parte de los altos rangos.

El futuro político de Burkina Faso tiene ahora dos claves que marcarán previsiblemente el devenir de su transición hacia un tipo de gobierno más democrático y plural. Por un lado, el Ejército tendrá un papel clave, puesto que ha tomado el control del país durante el período de transición y en su mano está ofrecer estabilidad y elegir a los actores políticos que comanden una transición civil; para ello, tendrá que mediar y decidir sobre cuestiones capitales, lo cual lo coloca en una posición privilegiada en la toma de decisiones. Los propios altos cargos del Ejército no forman un frente común, por lo que las opciones aún son amplias, así que habrá que esperar para ver cómo resuelven sus disputas internas y de que manera afecta esto a la transición hacia un gobierno civil.

La segunda clave será la organización y disposición de los partidos políticos en la oposición. Como hemos visto, la estructura estatal de partido único impuesta por Compaoré debilitaba y fragmentaba hasta el extremo cualquier alternativa, por lo que las opciones que ofrece el panorama político son débiles o al menos necesitarán algo de tiempo para formar estructuras capaces de gobernar. Los dos principales partidos son UPC (Union pour le Progrès et le Changement) y MPP (partido surgido de la escisión de antiguos miembros del gobierno), sobre ellos recaerá el mayor peso en la tarea de negociación para reconstruir un sistema democrático más amplio.

El problema principal reside en que los actores que van a conducir el proceso de transición han estado en los círculos cercanos a Compaoré en las últimas dos décadas, a pesar de que de los miembros del CDP se desconoce su situación e intenciones, por lo que en principio las circunstancias apuntan a un cambio de presidente pero no a una revolución. El Ejército continuará teniendo gran influencia y la élite política no será muy diferente a la anterior. Quizá se mantenga cierta estabilidad durante un tiempo, pero si la situación no cambia los burkineses ya han demostrado que no están dispuestos a tolerar un sistema corrupto, injusto y autoritario. El tiempo dirá si este cambio de piezas trae mejoras para el pueblo burkinabé o si vuelven los mismos métodos de siempre bajo distintos nombres.

[1] Uno de los mayores críticos de Compaoré, el escritor y periodista Norbert Zongo, fue asesinado en 1998 tras varios intentos por el RSP (Régiment de la Sécurité Presidentielle). El título del artículo rinde homenaje a su novela Le Parachutage.

[2] Para un conocimiento más profundo de esta interesante figura política, recomendamos la visualización del documental Thomas Sankara: The Upright Man.


Álvaro Oliver (València, 1987) es filólogo de formación y africanista de vocación. Afincado en Londres, prepara su próximo asalto al continente africano. Hasta ahora, ha publicado en esta misma revista los artículo Fela Kuti en combate: el Afrobeat como arma política y Grietas en el muro: Elecciones en Etiopía.
Share on FacebookTweet about this on Twitter

1 comentario

  1. Maria Jesus Royo - November 26, 2014 2:29 pm

    Interesante articulo que revela una vez mas que el europeo no hace mas que mirarse su propio ombligo, por que las televisiones no hacen mas que repetirnos las mismas noticias aburridas y locales y no abren su abanico informativo mas alla de las fronteras occidentales? Ignoramos Africa y la tenemos muy cerca.Asi nos va!! Enhorabuena Alvaro!!

    Reply

Responder a Maria Jesus Royo

Cancelar respuesta