El común sentir de nuestro tiempo

Europa asiste consternada a la paulatina regresión de unos derechos que ella misma se autoimpuso una vez acabada la II Guerra Mundial. La ciudadanía, con todo, se encuentra en la obligación de dirimir conjuntamente sobre estos derechos y libertades que, aunque irrenunciables en su esencia, están sometidos a una realidad cambiante que les plantea sin cesar nuevos problemas y desafíos.

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El Abrazo, 1976. // JUAN GENOVÉS (Museo Reina Sofía)

El Abrazo, 1976. // JUAN GENOVÉS (Museo Reina Sofía)

«La situación de los derechos humanos en España está en retroceso». Eran las palabras de Emilio Ginés, presidente de la Federación de Derechos Humanos de España y miembro del Subcomité para la Prevención de la Tortura de la ONU, con motivo del Examen Periódico Universal que España afrontaba hace un mes en Naciones Unidas. No es, sin embargo, una denuncia nueva. Desde que la crisis económica y financiera estalló en 2007, diversas entidades y colectivos en España han venido denunciando la progresiva regresión de unos derechos fundamentales que había costado mucho conseguir y que, paradójicamente, una significativa parte de la ciudadanía había dado por hecho. La crisis, sin duda, ha sido el motivo pero a la vez también la excusa para eludir evitar la confrontación con el aumento de la pobreza (desahucios, hambre, paro), de los recortes sistemáticos en materias de sanidad y educación, y de la aprobación de una serie de leyes de carácter restrictivo (la Ley de seguridad ciudadana, también conocida como Ley mordaza, o el intento de reforma de la Ley del aborto, que hubiera hecho retroceder al país legislativamente a 1985 y que se topó con el rechazo en masa de la ciudadanía), que sitúan a España como uno de los países europeos que más ha retrocedido en cuanto a derechos sociales y humanos se refiere.

«Los derechos humanos son revolucionarios», asegura el juez francés Étienne Rigal en la entrevista de este número de COMBATE. Cuesta creer que la misma Europa que vio nacer la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 (impulsados por el recelo a su reciente pasado totalitario y con una clara consciencia de responsabilidad ética) es víctima ahora de la reculada de los valores que ella misma se autoimpuso y que han marcado sus mayores logros morales. Esa Europa y ese europeísmo en los que COMBATE cree y a los que dedicó su primer número en mayo de 2014 tienen que ver con la defensa de unos derechos humanos que debieran ser siempre los principios por los cuales cualquier decisión política se guíe. Renunciar a los derechos humanos es renunciar a la justicia social.

«La libertad es como una cometa: vuela porque está atada a la igualdad y a la fraternidad. Solo así tiene la responsabilidad de resistir al viento, de vivir la vida»

Por supuesto, el asunto no es tan fácil. En el Palimpsesto de este número de COMBATE, “Luces y sombras de los Derechos Humanos”, se plantea la cuestión de si estos deberían ser entendidos como algo definitivo y dado. Es evidente que no, puesto que el sentido común (esto es, la razón) no es nada más que el común sentir de nuestro tiempo (es decir, una visión de la realidad compartida por los contemporáneos de este momento histórico, pero que puede no ser compartida en su totalidad en otra época). En el seno de ese común sentir de nuestro tiempo, sujeto siempre a una sensibilidad cambiante, van surgiendo, por ello, nuevas cuestiones: derecho o no a la vida del feto en el caso del aborto; derecho o no a la muerte digna, en el de la eutanasia; por poner solo unos pocos ejemplos. Con todo, los derechos humanos poseen una esencia irrenunciable, como reivindicábamos más arriba, unos puntos clave que deben hacerse respetar. ¿Hasta dónde, entonces, debe el Estado intervenir o bien quedarse al margen de su cumplimiento? Son cuestiones que, sin duda alguna, estamos a obligados a dirimir conjuntamente, máxime en un momento en el que el poder financiero, en aras del neoliberalismo imperante, ha ido sometiendo las políticas sociales de los últimos años. Llegados a este punto, conviene hacernos la siguiente pregunta: ¿es conjugable el respeto por los derechos humanos con esa libertad que muchos, obedientes de ese mismo poder financiero, reivindican?

En una entrevista con Iñaki Gabilondo, el economista, escritor y filósofo José Luis Sampedro, fallecido hace unos pocos años, reivindicaba la tríada de libertad, igualdad y fraternidad concebida por los revolucionarios franceses en el siglo XVIII, a partir de la cual se aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, fuente de inspiración a su vez de la Declaración de 1948. La libertad, en su opinión, debe estar siempre condicionada por la igualdad (es decir, el que los demás sean libres también) y por la fraternidad (que él entiende como el amor). Y para ilustrar su idea utiliza una bella metáfora: la libertad es como una cometa, vuela solamente porque está atada. Atada, dice Sampedro, es cuando tiene la responsabilidad de resistir al viento, de vivir la vida. Suelta, se ve incapaz de hacerlo.

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