Ciencia, profesionales incultos y cultos diletantes, por Andrés Moya

Los contenidos de las ciencias se muestran a menudo en un contexto de a-historicidad. La falta de contexto histórico-humanista de las mismas puede convertir en peligrosos a aquellos agentes sociales responsables de tomar las decisiones más trascendentes en los foros económicos y políticos más variados. Por ANDRÉS MOYA.

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Ilustración de Marta M. Bruix (@rudilleces).

Ilustración de Marta M. Bruix (@rudilleces).

Todo tiene su historia y la ciencia no es ajena a esta circunstancia. Ahora bien, si de alguna forma de conocimiento se puede decir que es a-histórica, esa es la ciencia. Podrá pensarse que tal afirmación es una solemne barbaridad, que nada o nadie puede prescindir de su historia, ni mucho menos la ciencia para, así, comprender o entender mejor cómo ha llegado a tomar carta de identidad este o aquel descubrimiento. Y lo cierto es que nos podemos delectar con la lectura o la narración de la historia de la ciencia y los acontecimientos que en ella se han ido presentando desde su origen con Galileo en el siglo XVI, por poner un nombre y una fecha, de la misma forma que podemos disfrutar con la narración histórica de cualquier otra materia o asunto del acontecer humano. Todavía más, existen sociedades académicas y departamentos de historia de la ciencia en las Universidades de todo el mundo. Pero lo cierto es que la historia de la ciencia no es una materia que acompañe, generalmente y salvo honrosas excepciones, a la formación académica de cualquier estudiante de grado o licenciatura de corte científico, particularmente las relacionadas con las ciencias naturales. Porque la enseñanza de los contenidos de la ciencia se muestran, en cierta forma, en un contexto de atemporalidad. En su relato se presentan nuevos conceptos, definiciones o teorías que sustituyen a otros como si se tratase de un proceso natural, nada traumático, pero un proceso al fin y al cabo totalmente desvinculado de los actores de la ciencia, de su formación, o de las tramas sociales, económicas e ideológicas donde han podido desarrollar tales actividades. Más aún, si el curso formativo lleva por etiqueta “curso o enseñanza avanzada en esto o aquello”, lo último de lo último, lo más habitual será denostar de lo pasado o, en todo caso, presentar lo pasado más reciente como el objetivo a derribar con lo más novedoso en forma de nuevos conceptos, teorías o métodos. Lo previo no tiene ya mayor trascendencia porque está superado y, por lo tanto, no existe necesidad alguna de recurrir a ello.

Lo cierto es que la historia de la ciencia no es una materia que acompañe, generalmente y salvo honrosas excepciones, a la formación académica de cualquier estudiante de grado o licenciatura de corte científico, particularmente las relacionadas con las ciencias naturales. Porque la enseñanza de los contenidos de la ciencia se muestran, en cierta forma, en un contexto de atemporalidad.

Estas consideraciones iniciales me llevan a plantear la realidad genérica de la ahistoricidad como un elemento recurrente en la enseñanza de las ciencias. Pero con ello trato de mostrar un ejemplo, aunque representativo, del peligroso y nocivo iceberg que se cierne sobre el estudiante medio y, por extensión, a la ciudadanía en general. Digo bien, a la ciudadanía. En nuestro país es posible que todavía se tenga alguna duda sobre el hecho de que la ciencia es una parte integral y fundamental de la cultura, y más todavía en los últimos siglos. En tales términos me dirigía hace unos meses al ministro Wert, en mi calidad de presidente de la Sociedad Española de Biología Evolutiva, al objeto de reclamar la enseñanza de las ciencias en el bachillerato. Concretamente le manifestaba, entre otras cosas, que: «La ciencia forma parte de la cultura como el arte o la literatura. No es recomendable, atendiendo a cómo la ciencia impregna el mundo que nos rodea, que los fundamentos de la misma sean objeto de aprendizaje en un bachillerato (el de ciencias) y no en los otros (humanidades y ciencias sociales). Si la ciencia forma parte de la cultura y el bachillerato tiene por finalidad, entre otras, promover conocimientos de la misma en los estudiantes, con independencia de los recorridos especiales que cada uno pueda tener, debería existir un núcleo fundamental de saber científico a todos ellos».

«La ciencia forma parte de la cultura como el arte o la literatura. No es recomendable, atendiendo a cómo la ciencia impregna el mundo que nos rodea, que los fundamentos de la misma sean objeto de aprendizaje en un bachillerato (el de ciencias) y no en los otros (humanidades y ciencias sociales)», le decía hace unos meses al ministro Wert. 

El lector se habrá percatado que reivindico la ciencia y su enseñanza porque es una parte integral de la cultura, ante todo porque el ciudadano debe estar instruido en algo que le rodea por todas partes y que tanta importancia tiene para el normal desenvolvimiento de su vida diaria y en general. También es cierto, y fácilmente derivable de mi observación al ministro, que del mismo modo existen otros núcleos fundamentales en la formación del ciudadano que de ninguna manera deben ser desatendidos. La filosofía, las humanidades o las artes no pueden dejarse de lado o minorarse. El ciudadano crítico lo es, y lo debe ser, en la medida en que en él converjan elementos nucleares de formación que le permitan el ejercicio del juicio crítico. Todos esos elementos se convierten en piezas absolutamente esenciales contra el adoctrinamiento y la falta de criterio.

La reflexión en torno a la enseñanza ahistórica de la ciencia no deja de ser, por otro lado, un indicador de los peligros que comporta la falta de incorporación de las humanidades, las artes y las ciencias sociales en el propio aprendizaje de las ciencias. Pero: ¿a qué peligros me refiero? En realidad la perspectiva histórico-humanista introduce cultura en el científico. Ortega y Gasset manifestaba que la misión de la Universidad era formar profesionales cultos. La sociedad demanda profesionales, pero se corre el riesgo de que tales profesionales, desprovistos del arma de la historia o de las humanidades, sean excesivamente incultos, inconscientes o ajenos a la realidad de cómo se genera y en qué consiste el conocimiento científico, o la falta comprensión y reflexión necesaria en torno a las grandes ideas y corrientes que han movido el mundo a lo largo del tiempo.

La perspectiva histórico-humanista introduce cultura en el científico. Ortega y Gasset manifestaba que la misión de la Universidad era formar profesionales cultos. La sociedad demanda profesionales, pero se corre el riesgo de que tales profesionales, desprovistos del arma de la historia o de las humanidades, sean excesivamente incultos, inconscientes o ajenos a la realidad de cómo se genera y en qué consiste el conocimiento científico.

La falta de contexto histórico-humanista de la ciencia puede convertir en peligrosos a aquellos agentes sociales responsables de tomar las decisiones más trascendentes en los foros económicos y políticos más variados. Obviamente cabe contemplar la otra variante formativa, la de aquellos que, siendo cultos, no son profesionales que contribuyan a la generación de riqueza, sino unos meros diletantes. En tiempos recientes así suelen ser tildados los humanistas recluidos en los departamentos universitarios correspondientes. Se trata esta de una figura crecientemente denostada por los poderes políticos y económicos que demandan, como si se tratase de un imperativo o ley natural, que cualquier ciudadano debe participar en el juego del mercado y contribuir a la generación de riqueza porque el mundo en el que vivimos no se puede sostener de otra manera. La economía, manifiestan, está basada en el conocimiento. En realidad me temo que es al contrario: parece imponerse una supuesta ley natural, en modo alguno demostrada, más bien asumida, en la que se afirma que es la economía quien marca o delimita lo que puede conocerse. Debemos preguntarnos qué ha cambiado tanto desde que Ortega y Gasset realizara la formulación, tan apropiada a mi juicio, sobre el papel de la Universidad en la formación de los estudiantes y, por extensión, el objetivo que la educación debe tener en la preparación de ciudadanos críticos. Me valgo del ejemplo de la falta de contextualización histórica y humanista de la ciencia para mostrar el peligroso efecto que puede tener la incultura en la formación de los cuadros decisorios, políticos y económicos, así como en los científicos que los asesoran. No debemos olvidar que prácticamente todo en la actualidad parece que deba tener el marchamo o el aval de la ciencia para ser considerado válido, aceptable o riguroso. Pero conviene que tampoco olvidemos el perfil cultural de los que están alrededor de ella: los que la hacen y los que deciden.


Andrés Moya (València, 1956) es Doctor en Biología y en Filosofía, Catedrático de Genética en la Universitat de València y director de la Cátedra FISABIO para el fomento de la investigación biomédica. Ha sido promotor del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de esa Universidad, del Centro de Astrobiología (INTA-CSIC) y del Centro Superior de Investigación en Salud Pública (CSISP). Su actividad científica e intelectual se sitúa en los campos de la Genética, la Evolución y la Filosofía. Es presidente de la Sociedad Española de Biología Evolutiva. En 2012 ganó el Premio Nacional de Genética.

Marta M. Bruix (Barcelona, 1987) está licenciada en Humanidades (UPF) y ha cursado el máster de Literatura Comparada: Estudios Literarios y Culturales (UAB). Paralelamente, se ha formado en Ilustración en la escuela Massana (UAB). Ha ilustrado el artículo “Euro(pa) Dólar(es)” del director de cine José Luis Cuerda para el primer número de COMBATE. Haz clic aquí para ver su portfolio Rudilleces.
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2 comentarios

  1. dani - August 28, 2014 10:58 am

    Comparto que la división en bachillerato entre ciencias y humanidades/sociales es un disparate. Es el primer paso hacia la especialidad, paradigma que nos gobierna. Pero ya que estamos en estos tiempos bárbaros, me parece más importante que en bachillerato hubiera una asignatura llamada “mundo laboral” donde se enseñara a leer un contrato de trabajo y explicar los tipos que hay, lo que son los convenios laborales, para qué sirven los sindicatos, etc. En un mundo tan profesional y donde la economía como bien afirma el artículo es la que manda, me parece fundamental que los estudiantes conozcan los aspectos económicos con los que chocarán solo salir del cascarón del mundo educativo.

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    • Beatriz Pérez - August 28, 2014 12:51 pm

      Bienvenidas sean las opiniones que contribuyen a seguir generando debate. Gracias, Dani. Un beso.

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