Barcelona: una rentabilización del pasado

La deriva neoliberal de su ayuntamiento ha convertido a Barcelona en una ciudad copada de hoteles y centros comerciales. Atrás queda un pasado marcado por los movimientos obreros y vecinales. Pero el reciente auge de las luchas ciudadanas enmarcadas en barrios como Sants o Vallcarca suponen un importante freno en el desarrollo de un modelo de ciudad rechazado por muchos. Por DANI FONT.

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Masificación del turismo en Barcelona. // ECOTUMISMO.ORG

El actual gobierno municipal no tiene un proyecto de ciudad. La solución de Convergència i Unió y del alcalde Xavier Trias a los problemas de Barcelona es el mercado. Apuestan por un crecimiento económico a base de ferias y turismo, con la esperanza de que los problemas se solucionen solos y se palien las distancias sociales que separan unos barrios de otros. Mientras, en Barcelona ya no hay arquitectos que construyan teatros como el Liceu o que proyecten edificios como el Palau de la Música. No hay porque se han tenido que ir. Tampoco hay fábricas, olvidadas de las rutas modernistas en un intento de ocultar el pasado obrero de la ciudad, porque no hay industria. Y los barrios tradicionalmente con más vida, los de Ciutat Vella, viven sometidos a procesos de gentrificación [palabra inglesa que designa una forma particular de aburguesamiento de los barrios populares] con viviendas convertidas en segundas residencias o tiendas de lujo. Como toda ciudad, Barcelona es una ciudad con pasado conseguido gracias al esfuerzo y talento de sus habitantes. Probablemente pese a sus gobernantes. Un pasado que hoy se valora en tanto que se comercializa y al que poco se añadirá porque nada de lo que ahora se está haciendo (hoteles y centros comerciales) formará parte del patrimonio de la ciudad. De aquí a cien años, los turistas seguirán sacando fotos a la Sagrada Família y no al centro comercial Las Arenas. Contra todo esto, la reactivación actual de las luchas en los barrios, ya sea por mantener servicios o por recuperar espacios y construir otros nuevos, representa el único freno a la deriva neoliberal del alcalde Trias.

Escribía Juan Marsé en Últimas tardes con Teresa: «Desde la cumbre del Monte Carmelo y al amanecer hay a veces una ocasión de ver surgir una ciudad desconocida bajo la niebla, distante, casi soñada». Esa ciudad casi soñada por Marsé era Barcelona y en el Carmelo, barrio donde jugaba de pequeño, existe desde hace unos años una biblioteca municipal con el nombre del escritor. El libro de Marsé tiene casi 50 años. Hoy sobre Barcelona sigue habiendo niebla, ya no de agua, sino tóxica, el famoso smog fotoquímico típico de ciudades muy soleadas y con un gran parque de vehículos. Los datos del 2013 del ayuntamiento indican que Barcelona tiene más de 910.000 vehículos, de los cuales más del 60% son turismos. No está mal para una ciudad con algo más de millón y medio de habitantes, incluidos niños y personas que no pueden conducir. En esta hegemonía del coche, el Reial Automòbil Club de Catalunya (RACC), que participa en todo el negocio del automóvil (seguros, red de asistencia, agencia de viajes, etcétera), tiene un peso importante y se opone a cualquier política que altere el predominio del vehículo privado. Barcelona tiene otro plus en cuanto a contaminación se refiere. Cada año llegan a la ciudad millones de turistas en cruceros, auténticas ciudades flotantes que una vez atracadas en el puerto siguen funcionando y quemando fuel de mala calidad. Generan una contaminación asumida sobre todo por los barrios próximos al puerto, como el Gótico, La Ribera y la Barceloneta. Los mismos barrios donde los vecinos sufren la gentifricación que decía al principio.

Cada año llegan a Barcelona millones de turistas en cruceros, auténticas ciudades flotantes que, atracadas en el puerto, siguen funcionando y quemando fuel de mala calidad. Generan una contaminación asumida sobre todo por los barrios más próximos: el Gótico, La Ribera y la Barceloneta. Los mismos barrios donde los vecinos sufren una masiva ‘gentifricación’.

El smog puede verse desde lo alto de las dos montañas que limitan Barcelona, Montjuïc, junto al mar, y el Tibidabo en plena sierra de Collserola, especialmente en los meses de verano, cuando el nivel de contaminación es mayor. La contaminación parece una consecuencia inevitable de un progreso atado a un modelo de ciudad nada sostenible que pone en duda la etiqueta de Smart City que el ayuntamiento intenta promover. Xavier Trias afirma que la tecnología permitirá llevar la máxima calidad urbana a todos los barrios de la ciudad y mejorar la calidad de vida de las personas. Estas palabras las decía el alcalde poco después de que le explotara el caso “Ciutat Morta”. Un caso que heredaban del exalcalde Joan Clos y el famoso informe que afirmó tener y que luego desapareció, donde se admitía que una maceta (y no una piedra lanzada desde la calle) hirió al policía que quedó tetrapléjico. El documental sirvió para sacar a la luz uno de los problemas de fondo de la ciudad, la práctica de torturas por un cuerpo de policía con una imagen tan próxima a los ciudadanos como es la Guàrdia Urbana.

Por unos días, la imagen cercana del “urbano” dirigiendo el tráfico cuando fallan los semáforos del Paral·lel o hablando distraído con los vecinos mientras los niños compran cromos en el mercado de Sant Antoni quedó eclipsada por el recuerdo de Patricia Heras y las imágenes de Rodrigo Lanza con la cara hinchada y el brazo roto. Después, poco a poco, la cosa volvió a la normalidad, desapareciendo de la portada de periódicos y televisiones. Todavía no han llegado a la mayoría de ciudadanos los informes de la Coordinadora para la Prevención de la Tortura donde se alerta del aumento de las denuncias dirigidas contra la Guàrdia Urbana, especialmente por su actuación en la persecución de la venta ambulante y los “abusos policiales” cometidos en ambientes festivos durante la noche barcelonesa. Lo que llega es el alcalde Trias declarándose fan incondicional de este cuerpo policial creado en 1843 de la mano de los Estados liberales modernos, que no adquirió su nombre definitivo hasta 1941 en pleno franquismo. En cuanto al caso 4F (el caso “Ciutat Morta”, que se produjo el 4 de febrero del 2006), el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya consideró que el juicio cumplió todas las garantías y la Fiscalía de Barcelona descartó reabrirlo. Amén. Todo fue correcto, el aparato judicial funciona y la policía no tortura, con excepciones que confirman la regla como la de los agentes Bakari Samyang y Víctor Bayona, inhabilitados por torturadores e implicados en el 4F.

A inicios del siglo XX Barcelona estaba entre las ciudades con más prostitutas del mundo. El Raval fue y es uno de los lugares donde la prostitución está documentada desde hace más siglos. Los higienistas del momento crearon un hospital especial para atenderlas y sus informes recogían la preocupación por las causas y consecuencias de la prostitución. Más de cien años después, la prostitución sigue en el barrio y ya no existen higienistas, sino urbanos que multan y acosan a las prostitutas.

Repasando la historia de la Guàrdia Urbana vemos que la primera promoción de mujeres no existió hasta 1979, lo cual tiene su lógica dentro de un régimen franquista que relegaba la mujer al papel de esposa y madre. Sorprende más que las mujeres no tuvieran acceso a puestos oficiales hasta 1987. Los procesos de transición democrática son lentos en según qué instituciones. El año 1995 es otro momento clave en el devenir del cuerpo policial. Se inicia una nueva etapa con lo que se denomina Policía comunitaria, basada en que la idea de que la relación entre ciudadanos y agentes se fundamenta en el principio de proximidad y mutua corresponsabilidad. Sin embargo, actuaciones poco justificables se han vivido desde entonces, sobre todo desde la entrada en vigor de la Ordenanza de Civismo en el 2006. Uno de los objetivos de la ordenanza era acabar con uno de los problemas históricos de Barcelona, la prostitución de las calles. Ciudad portuaria, Barcelona a inicios del siglo XX estaba entre las ciudades con más prostitutas del mundo, algo más de 12.000, comparable a ciudades de características similares como Marsella o Shangai. El Raval fue y es uno de los lugares donde la prostitución está documentada desde hace más siglos.

La Ordenanza es la nueva medida del ayuntamiento para atajar esta práctica, derivada de una situación de pobreza, como a inicios del siglo pasado lo fueron las medidas de control propuestas por los higienistas con archivos donde debían inscribirse las prostitutas, cosa que la mayoría no hacían. Los higienistas también crearon un hospital especial para atender a las trabajadoras del sexo y los distintos informes recogían la preocupación por el ejercicio de la prostitución no sólo en sus consecuencias, sino también en sus causas: el déficit en los temas de emancipación de la mujer como la escolarización, acceso al mercado de trabajo, igualdad de condiciones y de oportunidades, etcétera. Además, denunciaban las precarias condiciones higiénicas y sanitarias de algunos de los barrios más populosos de la ciudad, como el Raval o la Barceloneta. Más de cien años después, la prostitución sigue en el barrio, ya no hay higienistas sino urbanos que gracias a la Ordenanza multan y ejercen una presión y acoso sobre las prostitutas. En lugar de hospitales, se ha construído la Filmoteca, que está muy bien, y hoteles como el Barceló para disfrutar de cocktails en terrazas alejadas del submundo de marginación de las calles del antiguo barrio chino.

Frente a un gobierno liberal que confía en el capital extranjero y no en sus habitantes, resurge el activismo en los barrios. Hay un momento de cierta efervescencia o reactivación de movimientos, de diversa índole con el objetivo de dignificar los barrios en los que viven. Encontramos luchas en la Barceloneta contra los pisos de turismo, lo mismo que en Gràcia. Barrios donde el conflicto es constante y a veces explota. Todos recordamos Can Vies en Sants. Pero son muchos más los barrios activos, como el Poble Nou con el movimiento Fem Rambla, la oposición a la reforma del Paral·lel, o luchas más transversales como Stop Pujades, la alianza contra la pobreza energética o la lucha por parar los desahucios. Si debe surgir un modelo de ciudad en los próximos años, esperemos que venga de aquí. Así sucedió en los años 70, cuando el programa electoral de los gobiernos municipales democráticos provenía, en buena medida, de las reivindicaciones de los barrios y las ganas de superar la corrupción del porciolismo. Los años pasan, pero las circunstancias se parecen.


Vallcarca contra las demoliciones

La plaza de la Farigola, en el barrio de Vallcarca, es un  espacio público reivindicado por el vecindario. //

La plaza de la Farigola, en el barrio de Vallcarca, es un espacio público reivindicado por el vecindario. // MÒNICA FIGUERAS

Entre las muchas formas de acceder al Parc Güell, la primera que ofrece la página oficial es ir en metro y parar en las estaciones de Vallcarca o Lesseps, en el distrito de Gràcia. Antes de salir a la calle una máquina te permite comprar entradas para el parque, gratuito hasta hace un par de años. De camino al lugar de culto modernista, los visitantes se topan con un barrio que lleva años resistiendo a un proyecto urbanístico que ha supuesto la demolición de muchos edificios, dejando un barrio moteado de solares vacíos, hasta que el ayuntamiento construya nuevos pisos. El deterioro de Vallcarca comenzó con la aprobación del Plan General Metropolitano (PGM) en 1976, que declaró la zona como área de renovación interior. Como consecuencia se congelaron la mejora cotidiana de los locales, viviendas y edificios a la espera de la concreción del plan de renovación municipal. El largo proceso de indeterminación y la falta de inversión municipal han jugado en contra de sus residentes, pero la concreción del plan de renovación pretende el final del casco antiguo de Vallcarca que parte del vecindario intenta preservar, al menos lo que queda de él.

De forma autoorganizada y desde distintos colectivos y asociaciones, se pasó a la acción recuperando los solares vacíos y okupando los inmuebles abandonados. En uno de ellos, en la calle Argenteres, existe desde hace años un huerto okupado comunitario. En esa calle quedan aún casas que forman parte del núcleo antiguo de Vallcarca. En una de ellas, la que era un antiguo horno, está montada una exposición que recoge cómo se han ido demoliendo las casas e inmuebles. Uno de esos edificios, muy reivindicado por los vecinos para paliar el déficit de equipamientos del barrio, es el antiguo consulado de Dinamarca. El consistorio dispondrá del inmueble durante al menos 15 años y pactará los usos con los colectivos y entidades de Vallcarca y El Coll, barrios vecinos que comparten el inmueble. La plaza de la Farigola, compuesta por parcelas privadas y municipales, es otro de los lugares comunitarios reivindicados por el barrio, donde la Asamblea de Vallcarca realiza actividades periódicas.

Can Batlló, en el barrio de Sants, es otro de los espacios en proceso de reapropiación por parte de los vecinos. Es el último de los grandes espacios fabriles que quedan en Barcelona y que recuerdan el pasado industrial y obrero de la ciudad, un pasado que al ayuntamiento no le interesa preservar ni recordar. La presión de la plataforma Can Batlló és pel barri permitió okupar una primera nave con el permiso del ayuntamiento. Luego, igual que en Vallcarca, se pudo construír un huerto urbano. El bloque 11, el primero en okuparse, ya les queda pequeño a los colectivos que participan en Can Batlló, quienes piden recuperar nuevos bloques y espacio para hacer un segundo huerto comunitario.


Dani Font (Barcelona, 1983) es naturalista y colaborador habitual de medios de comunicación como DIAGONAL, LA DIRECTA y PERIÓDICO CNT. En COMBATE ha publicado “Huxley no tenía razón”“Solo como” y “Tortura: visibilizar lo invisible”.
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