La nueva banalidad del mal

Hannah Arendt acuñó el término "banalidad del mal" tras su paso por Jerusalén para cubrir el juicio al nacionalsocialista Adolf Eichmann. Con esta expresión pretendía describir un mal muy distinto al "mal radical": el mal del "hombre banal", el del buen funcionario que se limita a seguir las órdenes dadas. A pesar de las evidentes diferencias con aquella época, la nuestra no está exenta sin embargo de esta banalización. Por JAVIER CIGÜELA.

Share on FacebookTweet about this on Twitter
«Eclipse del sol», de George Grosz

Eclipse del sol, de George Grosz (1926)

El 14 de Octubre de este año se celebró el 98º aniversario del nacimiento de Hannah Arendt, pensadora alemana que tuvo que escapar del nazismo por su ascendencia judía, y probablemente una de las figuras más importantes del siglo XX. Si bien su obra tiene un enorme alcance filosófico-político, Arendt es conocida principalmente por dos cosas: por su monumental ensayo sobre Los orígenes del totalitarismo, seguramente la más profunda explicación de cómo fue gestándose el totalitarismo (el alemán y el soviético); y por su cobertura periodística para el New York Times del juicio a Adolf Eichmann, burócrata nazi encargado de la logística del Holocausto, que cristalizó en el polémico libro Eichmann en Jerusalén [1].

A lo largo de su obra Arendt sostiene que el nacionalsocialismo había dado lugar a fenómenos aparentemente contradictorios. En él se manifestó, en primer lugar, una forma de «mal radical», fácilmente reconocible en los campos de exterminio. Este mal radical, «sobre cuya naturaleza se sabe tan poco» [2], tiene difícil perdón y difícil castigo, pues es difícil perdonar y castigar lo que no se alcanza a comprender, lo que sobrepasa los límites de la experiencia. Pero, paradójicamente, el nacionalsocialismo había manifestado también una «banalización del mal», perpetrada por aquellos hombres que cumplían órdenes asesinas simplemente porque era su trabajo. Tras presenciar en Jerusalén el juicio y la sentencia de muerte de Eichmann, Arendt se sorprendió de ver en aquel burócrata a un «don nadie», a un «hombre terrible y terroríficamente normal» incapaz de pensar por sí mismo. Un hombre atrapado en clichés, en los «se dice…» y «se hace», dispuesto a obedecer irreflexivamente las órdenes de sus superiores: en palabras del propio Eichmann, a cumplir su deber con «la obediencia de los cadáveres» (Kadavergehorsam). Un hombre, en definitiva, mucho más insignificante de lo que pretendía la propia acusación en el juicio, para quien Eichmann era «el monstruo mas anormal que jamás hubieran visto los humanos» [3].

Está claro que el nacionalsocialismo había crecido de la mano y por las ideas de «monstruos amorales», de personas que encontraban satisfacción en el sufrimiento ajeno. Hitler y Goebbles encajan en ese perfil psicopático, y su inclinación criminal no tenía nada de banal; era, más bien, la manifestación de un mal radical difícil de comprender. Sin embargo, el totalitarismo no se hubiera puesto en marcha sin la colaboración, silenciosa pero eficaz, de otro tipo de hombres, ni sádicos ni perversos, padres de familia normales y corrientes fácilmente «domesticables» por aquéllos. Hombres como Eichmann, «pequeño-burgueses» (Spiesser) que se iban haciendo cada vez más pequeños conforme más grandes se hacían los crímenes que se cometían a su alrededor. Hombres que admiraban el éxito por encima de todo, como Eichmann, que dijo aquello de: «… Para mí, el éxito alcanzado por Hitler era razón suficiente para obedecerle». Hombres que al observar su propia pequeñez se sentían libres de toda culpa; en palabras de Eichmann, en referencia a la Conferencia de Wannsee de Enero de 1942 donde se acordó la Solución final: «En el curso de la reunión hablaron los hombres más prominentes, los papas de Tercer Reich. (…) En aquel momento, sentí algo parecido a lo que debió de sentir Poncio Pilatos, ya que me sentí libre de toda culpa» [4].

Esa insignificancia y banalidad, sin embargo, confluía con un intenso sentimiento del deber y una fuerte disposición a la obediencia. Eichmann era ante todo un ser adaptativo: hubiera cumplido con las órdenes de sus superiores cualquiera que fuera su contenido. Fue un «buen ciudadano» nacionalsocialista, que cumplía con las leyes de aquel régimen; del mismo modo que luego fue un «buen ciudadano» argentino, durante los años que estuvo escondido tras su huida de Alemania al concluir la guerra; como también sería un buen ciudadano en Marte, si le ordenasen soportar su frío. Eichmann era un ser pasivo, dispuesto a meter el cuello en cualquier correa. Su único pecado era haberse dejado engañar, por otra parte como otros tantos millones de alemanes. Dos días antes de su ejecución, dijo: «No soy el monstruo en que pretendéis transformarme, soy la víctima de un engaño».

Salvando las evidentes distancias con aquel tipo de criminalidad, la monumental crisis de corrupción que estamos sufriendo, cuyo lastre se va soltando progresivamente pero sin interrupción, manifiesta un nuevo tipo de «banalización del mal». El paralelismo no es fácil de reconocer, pues nos gustaría pensar que las causas del totalitarismo son algo superado, algo que solo está presente en los libros de historia y en las preocupaciones de los filósofos.

La «banalidad del mal» que describe Arendt es fácilmente reconocible –con menor entidad– en los “cargos medios/funcionariales” de nuestras instituciones económico-políticas. Es posible percibirla en el comportamiento del empleado de Bankia que vendía preferentes a personas inadecuadas, con el argumento de que «solo cumplía los objetivos que me imponían»; o en el de quienes contrataban hipotecas a personas sin estabilidad financiera alguna, simplemente «porque en esa época era lo que todo el mundo hacía». También en ellos ha funcionado el principio de obediencia, nuclear en toda organización pero fatídico si quien manda es un delincuente; como también han funcionado los clichés, frases hechas como «el cliente siempre tiene razón», «las agencias de calificación han validado el producto», «todos los demás lo hacen», «solo hago mi trabajo», que de tanto ser repetidas dejan de aparecer como lo que realmente son, absurdas, para quien las pronuncia. También ellos se sentían como Poncio Pilatos, pues obedecían órdenes de hombres trajeados, con contactos en las altas esferas y con grandes despachos, hombres que hablaban el imponente idioma del poder y del dinero. Ante ellos el empleado se volvía pequeño, se “des-responsabilizaba”: «El jefe sabrá para qué sirve todo esto…».

Pero la novedad es que hoy la banalización explica también el comportamiento de los “altos cargos”. El caso de las “tarjetas b” de Caja Madrid es simplemente el último de una sufrida lista –engrosada por el caso Pujol, los ERES de Andalucía, el caso Bárcenas o el caso Púnica–, pero probablemente el que mejor ilustra el argumento. Se trata de un grupo de 86 altos cargos, formado por burócratas y consejeros pertenecientes a diferentes “esferas de poder”, que ocultaron a Hacienda más de 15 millones de euros en “gastos de representación” que no eran tales. Aquí la banalidad no reside en la obediencia ciega ni en el carácter manipulable de estos hombres: nadie les obligaba. Individuos como Blesa o Rato no hacían lo que hacían para conseguir una finalidad que les trascendiese, no buscaban la salvación de un pueblo, ni siquiera el enriquecimiento de un partido político. Aquí la banalidad reside en que el mal tenía una finalidad meramente lúdico-festiva; en que montaron una trama de ocultación de dinero en la esfera de unas instituciones (Caja Madrid, Bankia) que estaban llevando a la quiebra a miles de ciudadanos, simplemente para pasarlo bien.

Aquí el mal es banalizado porque no contempla a sus víctimas: «Eran sobresueldos normales, no significaban ni un 2% del sueldo», ha dicho uno de los imputados; «todos lo sabían, pero ahora estamos en un teatro», ha dicho otro. La diversión no hace daño a nadie. El mal es banalizado, en segundo lugar, por el objeto de la tentación: aquí el mal no deja rastro en la historia ni cuerpos heridos, el rastro se encuentra en tiendas de lujo, clubs, salas de fiesta, hoteles, safaris y balnearios. Aquí la banalidad tiene el rostro de un Blesa contento, fotografiado junto a su presa en un safari africano; o el de Rato, brindando con champán por el futuro de una entidad financiera ya quebrada; o el de Arturo Fernández, ejemplar presidente de la CEOE, gastando miles de euros de esas tarjetas en su propio restaurante. Aquí el mal es banalizado porque ni siquiera busca el perdón, no se reconoce a sí mismo como lo que es; simplemente se tiñe de costumbre, «esto se hacía ya cuando llegamos», dice.

Decía Ortega y Gasset lo siguiente: «Se ha apoderado de la dirección social un tipo de hombre a quien no interesan los principios de la civilización. No los de ésta o los de aquélla, sino los de ninguna. Le interesan, evidentemente, los anestésicos, los automóviles y alguna cosa más». También decía que «el necio es mucho más funesto que el malvado. Porque el malvado descansa algunas veces; el necio, jamás» [5]. No sé si nuestras instituciones están repletas de hombres malvados, pues la maldad no es algo que se pueda escrutar con facilidad; lo que parece evidente a estas alturas es que están llenas de hombres banales, de Spiesser.

La idiotez hacía referencia, en la Grecia antigua, a aquellos individuos que no se preocupaban por los asuntos públicos, que vivían solo para sí mismos (ἴδιος, ídios=privado); la mayor paradoja de nuestro tiempo es que hoy quien niega ese “mundo en común” (“la cosa pública”) es justamente quien lo gobierna, y por eso la idiotez y la banalidad son tan peligrosas como la maldad.


[1] Recomiendo al respecto la película de M. Von Trotta, Hannah Arendt, 2010. En ella se explica de qué modo la comunidad judía –entre ellos muchos amigos de Arendt, como el destacado filósofo Hans Jonas– se escandalizó por su tesis sobre la banalidad del mal, que se interpretó como una justificación, acaso una minusvaloración, de la conducta de Eichmann.

[2] Arendt, La condición humana, Paidós, 1993, p. 260.

[3] Arendt, Eichmann en Jerusalén, DeBolsillo, 2010, p. 402.

[4] Arendt, Eichmann en Jerusalén, pp. 168, 186.

[5] Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Espasa Calpe, 2006, p. 135, 145.


Javier Cigüela Sola (Zaragoza, 1987) acaba de finalizar su tesis doctoral en el ámbito del derecho penal y la filosofía del derecho, con un estudio sobre La culpabilidad colectiva en el derecho penal. Su actividad investigadora se ha desarrollado entre España y Alemania; actualmente investiga las relaciones y coincidencias entre los delitos en masa durante los totalitarismos y los delitos económicos y de corrupción en el capitalismo tardío. Es también autor del blog A los demás les da igual.

Share on FacebookTweet about this on Twitter

Comparte tu opinión