Alberto Blecua: «Cuando la cadena de la tradición se rompe, es muy difícil recuperarla»

Alberto Blecua es uno de los más importantes filólogos españoles actuales. Catedrático de Literatura Española del Siglo de Oro en la Universidad Autónoma de Barcelona, sus aportaciones a este campo se cuentan hoy entre las más significativas. Nos encotramos con este estudioso para hablar de la crítica textual, de la educación y de su pasión por la literatura. Por FERRAN BENITO, CHEMA SEGLERS y JUAN CARLOS CALDERÓN.

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Alberto Blecua fotografiado en su casa /// JAIME ABASCAL

Alberto Blecua fotografiado en su casa // JAIME ABASCAL

Hijo y hermano de filólogos, Alberto Blecua (Zaragoza, 1941) ha aportado al mundo de la cultura páginas definitivas para comprender la tradición literaria. Pero también, desde su generoso y apasionado magisterio como catedrático de Literatura española del Siglo de Oro en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha sabido transmitir a generaciones de alumnos el entusiasmo por los textos y la literatura, compaginando de modo ejemplar la enseñanza universitaria y la investigación.

Su profundo conocimiento de la historia literaria, su rigor y sensibilidad para comprender los textos así como las circunstancias y las tradiciones que los conforman, sitúan a Alberto Blecua como un referente de la filología española de los últimos cuarenta años. Ediciones suyas de El Lazarillo (Castalia, 1974), El libro de Buen Amor (Cátedra, 1992) o El Quijote (Austral, 2007) se erigen como piezas fundamentales para el buen entendimiento de la literatura hispánica. Asimismo, su Manual de crítica textual, publicado en 1980, constituye una referencia obligada para expertos e investigadores que pretendan conocer la transmisión histórica de los textos, es decir, la manera en que se genera la tradición. Entre sus artículos destacan aquellos dedicados al concepto de Siglo de Oro y a autores tales como Garcilaso de la Vega, Cervantes, Góngora, San Juan de la Cruz o Fray Luis de León, entre muchos otros. Una selección realizada por el propio autor de dichos artículos puede encontrarse en el libro Signos viejos y nuevos. Ensayos sobre historia literaria (Crítica, 2006). Como responsable del centro de investigación sobre Lope de Vega de la UAB (ProLope), Alberto Blecua ha promovido también la recuperación y publicación de numerosos textos del gran dramaturgo español hasta ahora inéditos.

Blecua nos cita en un bar del barrio Sant Gervasi, en Barcelona, sede de una emblemática tertulia semanal de la cual él es asiduo desde hace años. Allí nos habla de la enseñanza, de la crítica textual, de su padre y maestro, el reputado filólogo José Manuel Blecua Tejeiro, y de Martín de Riquer. Y sobre todo, de su pasión por el detalle literario: «En lo pequeño está lo interesante», nos advierte.


Usted imparte en la universidad la asignatura de crítica textual.

Bueno, yo he enseñado de todo, porque fui profesor de instituto y allí tuve que enseñar lengua y literatura. Luego entré en la universidad, en el año 70 ó 71, y allí impartí crítica textual, Siglo de Oro, Literatura de los siglos XIX y XX y alguna asignatura más. Pero en el instituto expliqué de todo. Fíjate que nosotros dábamos clase hasta los sábados por la mañana. Y luego substituía a Riquer en la Universidad Central de Barcelona. Llegué a dar hasta 32 horas semanales por aquel tiempo.

¿32 horas? Son muchas horas para un profesor…

Son muchas horas, y además fue cuando publiqué más. Ahora que no hago nada, publico menos.

Usted fue alumno de uno de los filólogos más eminentes, Martín de Riquer.

Riquer fue mi maestro, claro. Pero mi primer maestro fue mi padre, que me dio clases en el instituto, en Zaragoza, y luego en la universidad, es decir, desde los 9 a los 22, cuando acabé el doctorado. Es mucho padre esto...

También lo fue de su hermano, José Manuel Blecua.

Claro, de los dos, en el instituto, en Zaragoza; estábamos “enchufados”. Eso nos hizo muy fuertes, porque los niños a veces hacían burla de ello y nos llamaban “¡enchufados, enchufados!”. Pero fueron buenos años. Entonces aprendí a jugar a pitos, y al futbolín, y al billar también… y fumaba. Mi padre era muy buena persona y yo lo quería mucho.

Dicen que a sus clases acudía gente de todas las facultades.

Cuando vino mi padre aquí iban los de derecho, de medicina y de otras carreras a oírle en las clases que daba. Entonces enseñaba el siglo XIX; había conocido a Guillén, a Salinas… y explicaba muchas cosas de ellos. Y luego también venían por casa los Goytisolo, Barral… y él les enseñaba los libros dedicados a los alumnos. Era muy conocido entonces.

¿Qué es lo que más admiró de su padre?

De mi padre admiré pocas cosas, porque a los padres no hay que admirarlos. Claro, yo vi los defectos que tenía mi padre, como todos los hijos. Pero como profesor era muy bueno. De él aprendí yo a dar clase. Porque los maestros aprendemos de los profesores que hemos tenido. Ya puedes ir a una “escuela de maestros” o lo que sea: allí no aprenderás nada. Hay que coger de cada profesor lo mejor, aunque lo cierto es que mucha gente coge lo peor de cada uno y los imitan en las tonterías, no en la sabiduría. Y entonces es cuando viene el desorden…

¿Cuál debe ser entonces el papel de profesor?

Yo creo que un profesor de literatura debe saber ante todo transmitir el amor a los libros. Esta es su tarea. Y la única manera de aprender a dar clase es viendo a los profesores, oyéndolos. Por ejemplo, de Riquer aprendí yo mucho.

¿Cómo era?

Era un gran profesor. Y una gran persona. Era manco; perdió el brazo en los últimos días de la guerra: iba en un camión, se cayó y lo atropellaron. Llevaba un brazo de madera y escribía con la izquierda, aunque él era diestro. Y después, tenía dos máquinas de escribir: en una escribía el texto y en la otra redactaba las notas. Hasta que aparecieron los ordenadores; entonces se compró uno y estaba revolucionado, porque podía escribir y corregir en el mismo texto.

«Los maestros aprendemos de los profesores que hemos tenido. Hay que coger de cada profesor lo mejor, aunque lo cierto es que mucha gente coge lo peor y los imitan en las tonterías, no en la sabiduría. Y entonces viene el desorden»

¿Qué relación mantenían su padre y Martín de Riquer?

Eran muy amigos, ya desde Zaragoza. Martín de Riquer venía mucho a Zaragoza y venía a ver a mi padre. Todavía somos muy amigos con la familia. De ellos y de los Díaz-Plaja, que eran los otros profesores de literatura que había aquí en Barcelona.

Usted se ha especializado en el Siglo de Oro…

Yo enseñé el Siglo de Oro y también Literatura Medieval. He publicado el Libro del buen Amor, y he trabajado mucho sobre La Celestina y sobre el teatro medieval. Justo ahora acaba de salir un libro titulado Estudios de crítica textual, que ha publicado RBA, con 17 artículos y entre ellos otro libro, La transmisión textual del Conde de Lucanor, que publiqué en la Universidad Autónoma de Barcelona en una colección que allí dirigía Francisco Rico en el año 80 más o menos. Este libro me llevó mucho trabajo. Aborda el problema de las variantes, de la crítica textual. Entonces discutí bastante con mi padre sobre esta cuestión; el decía que no se podía hacer un árbol ni stemma

¿Quizá era algo demasiado nuevo?

Sí; él no sabía crítica textual. Como muchos tampoco saben, incluso de entre los que presumen que saben.

¿En qué consiste la crítica textual?

La crítica textual es el arte… de sufrir mucho [risas]. A través del cotejo de los manuscritos se hace una filiación estableciendo los errores comunes, que se remontan a un texto original, del cual salen los otros, que llamamos descriptii.

Parte por lo tanto del error.

Exacto, la base es el error. Cuando dos testimonios recogen un error común se remontan a un texto que tenía este error y que se presenta como subarquetipo.

¿Una suerte de arqueología del texto?

Claro, y luego hay que reconstruir el recorrido a partir de esto. Se establecen las familias y luego es una cosa mecánica. Si se sabe hacer bien un stemma, sale bien; si no, lo estropeas todo.

Alguna vez ha dicho que si hay un error, aparece un hereje…

Sí, aparece un hereje. Si a la Biblia se le quita una coma, o se le pone un “no” en vez de un “sí”, ya puedes calcular lo que es. Y es justamente lo pequeño lo que se pierde. Andrés Laguna, que fue el médico de Carlos V, publicó el Dioscorides, el libro de las plantas, un libro dificilísimo, muy erudito, que cita en árabe, en griego, en latín, en francés, en alemán y en español. El caso es que cuenta allí Laguna la anécdota de una cortesana italiana, Turqueta, que estaba enferma y a quien le dieron un remedio prescrito en los tratados de medicina antiguos. Era una fórmula compuesta por diversos ingredientes, entre ellos la Thapsia, una substancia tan fuerte que un criado se la había puesto en la pierna en una ocasión para no seguir a su señor en un viaje y esta se le encoró e hinchó como una bota. Cuando Turqueta bebió la fórmula con este potentísimo ingrediente empezaron a cogerle espasmos y murió en seguida, allí mismo. Un boticario de la corte, que tenía una importante biblioteca de manuscritos, buscó entonces el compuesto entre sus textos y descubrió que no se trataba de “Thapsia”, sino de “Capsia”, porque la T y la C eran iguales en la Edad Media. Y la Capsia no es otra cosa que la canela, que era algo desde luego muy confortativo, mientras que lo otro más bien algo tenebroso. Andrés Laguna pone este ejemplo para mostrar el número de muertes que ha habido debido a estas fórmulas mal entendidas.

«Para conocer bien una obra hay que conocer toda la cultura de la época, saber todo lo que sabían los autores de aquel tiempo. Saber historia natural, saber ética, saber de todo»

Y todo debido a un pequeño error del texto.

Eso es. Esta misma variante, por ejemplo, es muy frecuente también en El libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita. Y en esto consiste la crítica textual: hay que intentar reconstruir el texto más cercano al original de todos los posibles.

Su Manual de crítica textual es una obra fundamental en este campo.

Antes no había ninguno, fue el primero que apareció. Francisco Rico me traía cosas italianas que tenía él, y aprendí mucho leyéndolas, y también leyendo a Oreste Macri, que tenía un artículo sobre Garcilaso en que aparecían los stemmata, aunque él no sabía mucho. De esto en la universidad no me enseñaron nada.

¿La crítica textual fue por lo tanto fruto de su propia investigación?

Sí. Desde que hice la tesina, sobre un cancionero poético de París de 1580, intenté cotejar los textos, las versiones de los diferentes manuscritos. Leí todas estas cosas y después trabajé. Trabajé mucho. Es el problema de las variantes: El libro del Buen Amor, por ejemplo, tiene entre 30.000 y 40.000 variantes. Prácticamente cada verso tiene una. Hay que tenerlas controladas todas y luego las numerosas combinaciones posibles, para que encaje todo. Porque también hay contaminación: textos que han tomado una parte de un manuscrito y otra parte de otro. Por lo demás, hay que conocer toda la cultura de la época, saber todo lo que sabían los autores de aquel tiempo. Saber historia natural, saber ética, saber de todo; como Lope, que quería ser historiador del rey. Y como Cervantes.

¿Cuál es la importancia de seguir leyendo hoy los clásicos? ¿Cómo hay que hacerlo?

Bueno, hay que seguirlos leyendo, claro, ¿si no de qué vamos a vivir nosotros? [risas] El problema es que en la enseñanza ya no los explican. Es una pena, porque si los profesores fueran buenos, en los institutos, enseñarían a amar la literatura y los clásicos. Los clásicos hay que enseñarlos desde pequeños. Nosotros aprendíamos con mi padre algo que estaba muy bien: la métrica. Aprendíamos de memoria las coplas de Manrique, el romancero,… con lo que después teníamos la lengua poética de un momento determinado. “La canción del Pirata”, Calderón, Góngora, y otras pequeñas cosas: era historia de la literatura en frescos, lo que hacía mi padre y lo que había en los libros de bachillerato de entonces. Lo que allí importaba eran los textos, no la vida del autor. Puede contarse la vida de este o aquel señor, pero lo que tiene interés verdaderamente es su obra. Ahora los chicos llegan a la universidad, leen a Garcilaso y no lo captan, no tienen la lengua poética ni la sensibilidad para leerlo.

«El ser humano ha cambiado poco. Leed a Aristóteles si no»

¿Qué libros recomendaría a un joven?

Nosotros leíamos los libros de aventuras de la editorial “Molino”. Y la colección “Araluce”, en la que estaba todo —resumido, pero todo—. El problema es que cuando se pierde esta tradición, ya no se recupera, porque los chicos jóvenes ya no saben. No han leído a Stevenson, no han leído todas estas cosas. Esto se ha perdido. Como «La canción del Pirata»: los niños ya no se la saben. En cambio sí que se saben aquello de «Se equivocó la paloma, se equivocaba», que yo no aprendí de pequeño. Esto va un poco según los gustos de la época, y de las antologías en boga en cada momento. Pero cuando se rompe la cadena de la tradición ya es muy difícil recuperarla. Aunque también es cierto que cada vez hay más libros y más tradición. La literatura es acumulativa y uno no puede leerlo todo: no hay tiempo vital para ello. Hasta el siglo XVII se puede dominar, porque la tradición es más local, pero en el XIX ya es universal, y también en el XX. Y por otro lado, no vas a recomendar a los chicos que lean a Joyce.

Para acabar, ¿cuál es según usted el papel de la literatura en el mundo actual? ¿Qué sentido tiene continuar leyendo a los clásicos?

Es como preguntar qué sentido tiene ver un cuadro de Velázquez. Tiene un sentido cultural. Porque además la literatura es la vida, ¿por qué lo vamos a negar? Dice más la literatura que toda la filosofía del mundo, y que toda la historia. Te enseña mucho. También sobre las pasiones, porque el ser humano ha cambiado poco. Leed a Aristóteles si no.

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2 comentarios

  1. alberto blecua - May 11, 2015 10:00 pm

    Mil gracias por la entrevista, que está muy bien (me la mandó José Luis Gotor, de Roma2). Corregid Andaluces por Araluce y stemmatas por stemmata. Enviadle, por favor, la revista a Christine Lusinchi (amclusinchi@yahoo,fr), que es catedrática jubilada de español y muy amiga mía. Muchas felicidades y suerte con el proyecto. Un gran abrazo para todos de vuestro
    Alberto

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  2. Ferran Benito - May 13, 2015 5:58 pm

    Muchas gracias a usted, como siempre, por su generosidad y por su amable comentario. He realizado las correcciones que nos indica, gracias también por señalárnoslas. Le enviaré como nos pide la entrevista a Christine Lusinchi.
    Un abrazo,
    Ferran

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